HUMANOIDE

“YO SÉ QUIEN ERES”
CUENTOS CON OJOS DE GATO
Soy médico forense, y a veces me sorprendo de ello… aún. La primera vez que lo vi, pensé que era un error de la vista. Llevaba doce horas seguidas en la sala fría, etiquetando, desinfectando, anotando causas de muerte que en el fondo son eufemismos. Me dolían las manos y había adoptado esa respiración breve que uno usa cuando el aire huele a formol y a despedida. Entonces, entre las camillas, vi una silueta compacta, negra con una mancha blanca en el pecho. Caminaba sin ruido. No parecía buscar nada.
- ¡Fuera! -dije, por decir algo.
El gato me miró como miran los animales libres, sin jerarquía. Saltó a la camilla número cuatro -no hay nombres al principio, solo números- y se echó junto a un cuerpo no reclamado. Recordé el protocolo; animales, no. Pero había algo en el asunto que no admitía procedimientos. Me acerqué. El gato no se movió. Puse la mano sobre la sábana, pensando en apartarlo. Estaba tibia. No el cuerpo, la sábana, tibia como una taza sostenida hace poco. Me asusté de mí mismo por pensar en esas cosas. No somos supersticiosos en la morgue. Nos lo repetimos como una sentencia, no lo somos.
Aquella noche, me quedé dormido en la oficina, sobre la carpeta de ingresos. Soñé con un patio de tierra, una hamaca, una mujer que cantaba muy quedo, mientras barría y un niño que corría detrás de un perro que lo hacía más rápido que él. La canción era la que me arrullaba de chico, una tonada sin palabras que mi madre hacía cuando quería que dejara de temblar. Cuando desperté, tenía el corazón amarrado a algo blando. Me costó unos minutos recordar dónde estaba.
Volví a la sala. El gato seguía en la camilla cuatro. El cuerpo no reclamado -varón, cincuenta y tantos, hallado en la calle-, al que yo llamaba “el hombre de la camisa negra” porque llevaba una camisa así, tenía debajo del brazo, entre la sábana y el costado, un papel. Era una etiqueta vieja de una chamarra, con un nombre borroneado por el agua. Fui trazando letras como quien descifra un mensaje en la pared. “Mario”. A veces, encontrar un nombre es una manera de devolver la gravedad.
Busqué en el sistema. Hubo tres Marios desaparecidos esa semana. Uno era demasiado joven, otro demasiado viejo. El tercero tenía cincuenta y cuatro. Llamamos. Alguien vino. Era una mujer con un suéter gris. Traía los ojos de quien ha esperado hasta que el tiempo se volvió un animal sentado a su lado. No lloró cuando le mostré el rostro. Dijo “gracias” como si yo hubiera hecho algo más que abrir una puerta.
- ¿Cómo lo hallaron? -preguntó. -En la calle, señora -dijo mi compañera-. Se desvaneció. Nadie llamó a tiempo.
Yo no dije nada. Miré al gato. El gato bajó de la camilla y se sentó junto a los pies de la mujer. Ella lo acarició sin pensarlo. Luego se fue con el paso medido de quienes se llevan un peso nuevo sabiéndolo antiguo.
Desde ese día, el gato eligió su oficio. No venía todas las noches. Cuando venía, no venía a todos. Se sentaba junto a los no reclamados. A veces, dormía sobre sus dedos como si cubriera un detalle secreto. A veces, se acurrucaba en el hueco del esternón. Cuando cerrábamos, él se deslizaba por el hueco de la puerta, no sé bien cómo, y se perdía en la calle.
Mi compañera, María, llevaba veinte años en la sala de la morgue. “Vi cosas -me dijo-. Ninguna como esta.” Empezó a dejarle un platito de agua en la entrada, a escondidas del jefe. Yo fingía no verlo. A las dos semanas, el platito apareció, un día, corrido junto a la camilla seis. Había una mancha de agua bajo el metal, como una lágrima pequeña.
No tardé en aprender, las noches en que el gato dormía en la sala, yo soñaba. No sueños míos, otras vidas. Vi a un hombre arreglar bicicletas en un patio con un pequeño radio encendido, a una mujer preparar tamales como si cada grano de maíz fuera un gesto de pureza, a un adolescente hacer dibujitos en el margen de un cuaderno mientras un profesor pronunciaba su nombre con flojera. Despertaba con cosquillas en la lengua, como si hubiera pronunciado palabras nuevas. A veces, en los sueños, alguien se daba vuelta y me miraba. Nunca me hablaban. No hacían falta palabras. Los forenses hablamos otro idioma cuando dormimos.
Con esos sueños y poco más, identifiqué a dos no reclamados. No fue un milagro. Fue trabajo de biblioteca, de hemeroteca, de caminar mercados y preguntar. A uno lo reconoció el dueño de un puesto de clavos por la cicatriz de la mano. A otra, una vecina por la manera en que se le curvaban las cejas. En ambos casos, al regresar a la morgue con los papeles en regla, el gato ya no estaba. Me enorgullecí, como se enorgullece un aprendiz al que nadie elogiará en público.
El médico en jefe dijo que eran casualidades. “Ustedes quieren creer.” Asentí. En la noche, el gato se subió a mi regazo mientras yo revisaba un formulario y ronroneó con una constancia que ningún motor humano logra. No supe si me consolaba o me advertía.
Un martes, trajeron a un niño. No debió pasar, pero pasó. La sala se volvió un país en guerra. El gato no apareció. Yo agradecí su ausencia, no sabía si podría soportar verlo sentarse en esa camilla. María lloró en el baño. El jefe dejó su cinismo en el cajón por una tarde. Ese día, los sueños fueron míos, el patio de mi infancia, el papalote rojo enredado en el árbol de mangos, mi tía regalándome su paciencia. Volví a casa y abracé una foto que no me regresó una palabra.
El miércoles, al entrar, encontré al gato sentado en la puerta. Caminó hacia mí y me miró de un modo difícil. No hay otra palabra, difícil. Como si me pesara. Me siguió hasta la camilla. Pero no se subió. Se sentó en el suelo, al nivel de mis rodillas. Puse una mano en el borde del metal, otra en el lomo del gato. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a una oración que no pide nada. Cuando los padres llegaron -vinieron, sí, vinieron-, el gato se escondió. Yo quise no ser yo. No lo culpo. A veces la dignidad consiste en no hacerse ver.
Quise dejar el trabajo después de eso. Un hombre no puede vivir en una sala de despedidas sin quebrarse de un modo terrible. Pero esa noche el gato vino a mi casa. No sé cómo entró; dejé la ventana abierta por el calor. Dormí sin sueños, por fin. Al amanecer, sobre la mesa, encontré una foto vieja que yo no recordaba haber sacado de la caja, mi madre con un vestido azul y un gato negro con una mancha blanca en el pecho en su regazo. Nunca tuvimos gato. O eso creía. En el reverso, con la letra de mi madre: (No me gustan los dos puntos y aparte, son totalmente inclementes”. (nota del autor, usted disculpe), “Para que no te olvides de volver”.
Volví. Sigo volviendo. El gato también. María y yo hacemos nuestra parte, papeles, llamadas, búsquedas. Él hace la suya, se sienta junto a quien no quiere que se vaya sin nombre. No hemos “rescatado” a todos. No se trata de eso. A veces, todo lo que se puede hacer por alguien es no dejar que la última noche sea totalmente sola. En esas noches, la sala fría se calienta medio grado. Lo miden los termómetros, no mi fe. El gato ronronea y el mundo baja la voz. No hay milagro. Hay compañía. Y hay una memoria que se niega a ser archivada sin mí.
Cuando me pregunten, dentro de unos años, por qué seguí en este oficio, diré la versión aceptable; por vocación, por el servicio, por la importancia de la identidad. Pero si alguna vez me preguntan de verdad, contaré la noche en que vi a un gato sentarse junto a un hombre sin nombre y sostenerlo con el peso exacto de su pequeño cuerpo, como si dijera: “Yo sé quién eres”. En ese idioma nos hablamos, los vivos avergonzados y los animales decentes.
Héctor Flores


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