PRIMER CAPÍTULO DE MI NUEVA NOVELA "EL OTRO ROSTRO DE GESTAS"

 





Dedicatoria:

1.- A Ismene Hdz Cassio, por todo y por  leer lo que escribo

2.- A María Elena Salinas mi maestra de tercero de primaria que un lejano día de 1980 me dijo" Tú te vas a dedicar a escribir libros"... No lo olvides.

3.- A Blanca Zepeda, por siempre estar conmigo.

4.- A mi primo Carlos Flores por siempre creer en mí.


PRESENTACIÓN DEL AUTOR

 

Hay historias que no se escriben:

se revelan.

Hay personajes que no se inventan:

nos eligen.

Y hay novelas que no buscan aplausos:

buscan testigos.

 

Esta es una de ellas.

 

Soy Héctor Flores, nacido en Jalisco y criado entre el desierto severo de Torreón, Coahuila.

La vida —como siempre hace con quienes escribimos— me empujó por caminos que van desde el derecho hasta la fotografía, desde la contemplación silenciosa detrás de una cámara hasta la urgencia de narrar la condición humana con la crudeza que merece.

 

Muchos me conocen como HUMANOIDE, la criatura literaria que inventé para decir lo que el hombre calla.

Con esa voz he construido una obra que es mitad filo, mitad plegaria;

poesía reflexiva, filosófica, sarcástica, existencial.

 

He escrito de la memoria, de la muerte, del dolor y del asombro;

de los gatos que miran más allá de nosotros;

de niños que no existen, pero deberían;

de cuervos que filosofan en la oscuridad;

de ciudades áridas que hablan;

de pueblos que no se olvidan.

 

Mi obra es amplia como mis obsesiones:

 

HUMANOIDES, mi colección poética, reflexiva, filosófica y sarcástica.

 

CIPRIANO Y LOS NIÑODONTES, una serie existencialista disfrazada de cuento infantil.

 

CUENTOS CON OJOS DE GATO, homenaje al ser más extraordinario sobre la tierra.

 

LOS MOTIVOS DEL CUERVO, tributo a Edgar Allan Poe desde mi propia sombra.

 

SACRISTÁN, mi primera novela, tejido costumbrista en honor a Atotonilco el Alto y los pueblos de Jalisco.

 

LA DE NEGRO, novela corta y homenaje narrativo a Torreón.

 

EL ZANATE DE GDL, novela detectivesca que verá la luz en 2026, junto a la edición completa de Cuentos con Ojos de Gato.

 

Y una vasta obra publicada en redes y en formato digital, donde mi voz ha encontrado y acompañado a cientos de lectores.

 

Pero ninguna obra me había exigido tanto como esta.

Ninguna me había pedido bajar a lugares tan oscuros.

 

¿Por qué escribir esta novela?

 

¿Por qué el gemelo vivo, el mal ladrón, la voz que regresa desde la sombra?

 

Porque siempre me han obsesionado quienes la historia no quiso escuchar.

Los olvidados.

Los incomprendidos.

Los que cargan culpas ajenas.

Los que mueren sin nombre.

Los que viven con un rostro que no les pertenece.

 

Gestas —el mal ladrón del Gólgota— siempre fue un personaje condenado por una sola frase.

Nunca se le concedió humanidad, ni historia, ni madre, ni infancia, ni dolor.

 

Eso, para mí como escritor, era intolerable.

 

De esa herida nace esta novela:

El que vio morir su rostro.

La historia del gemelo que no murió.

La historia de la sombra que reclama, del hermano que sobrevive sin saber si sobrevivir es destino… o castigo.

 

Es una novela bíblica sin religión,

filosófica sin sermones,

trágica sin melodrama.

Es una intuición:

la de que ninguna muerte ocurre sola,

y ningún rostro se olvida realmente.

 

¿Por qué publicar capítulos por separado?

 

Porque esta historia no debe devorarse de golpe.

Debe respirarse.

Debe doler.

Debe acompañar.

 

Quiero que el lector sienta cada capítulo como un relámpago.

Que termine uno y necesite el siguiente.

Que cada entrega sea un anzuelo para el alma,

un eco que lo persiga durante el día,

una sombra que lo acompañe durante la noche.

 

Que esta novela se convierta en un testigo en su propio corazón.

 

¿Qué encontrará el lector aquí?

 

Encontrará una tragedia escrita con mano firme,

sin miedo a la oscuridad,

sin piedad para la mentira,

sin suavizar el peso de la verdad.

 

Encontrará un narrador herido,

un hermano desaparecido,

un hombre justo que nunca lo fue tanto,

y una madre que sostiene todo el peso de la humanidad en su llanto.

 

Encontrará ecos de Torá,

ecos de desierto,

ecos de sangre y polvo…

pero también un destello de redención que no se da,

se arranca.

 

Y encontrará lo que toda buena novela deja al final:

 

un espejo.

 

Porque todos somos, de algún modo,

el hermano que sobrevivió,

el que carga un rostro ajeno,

el que camina entre sombras buscando una verdad que no siempre quiere encontrar.

 

Yo solo hice lo que hago siempre:

abrir la herida

y escribir desde dentro.

 

 

El que escribe desde la sombra,

y obliga a la sombra a hablar.

 

¿Y si el mal ladrón del Gólgota no fue un símbolo… sino un hombre?

¿Y si tuvo madre, nombre, gemelo, historia… y un rostro idéntico al tuyo?

 

Esta novela no reescribe la Biblia.

Desentierra lo que la historia calló.

Y lo hace sin piedad.

 

EL OTRO ROSTRO DE GESTAS es la confesión brutal del hermano discreto:

el único que quedó vivo,

el que cargó un rostro que no era suyo,

el que heredó la culpa,

la sangre,

y la verdad que tres hombres intentaron enterrar en la Calavera.

 

Una historia bíblica sin milagros.

Un thriller espiritual sin promesas.

Una tragedia humana escrita desde la herida.

 

Si te gustan las historias incómodas,

las verdades que no piden permiso,

los personajes que sangran,

los relatos donde la sombra tiene voz…

 

Entonces sigue leyendo.

 

Porque en esta novela:

 

La muerte no es final: es testigo.

 

El rostro no es identidad: es condena.

 

El hermano vivo no sobrevive: se convierte en la historia que no pudieron matar.

 

Y el mal ladrón… finalmente habla.

Aunque sea desde el silencio de su gemelo.

 

Publicaré.

Pero te advierto algo:

 

Una vez que entres a esta historia,

no vas a salir hasta el final.

 

—HUMANOIDE

Donde la sombra narra,

y el lector queda marcado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 SINOPSIS

 

Jaim nació con un rostro que no le pertenecía del todo.

Compartía la misma piel, los mismos ojos y el mismo destino con Micaias, el hombre que siglos llamarían “el mal ladrón”. Pero mientras su hermano fue crucificado en la colina de la Calavera, él quedó vivo para cargar la peor condena: ser el que vio morir su propio rostro.

 

En un mundo dominado por Roma y silenciado por la ley, Jaim reconstruye la historia que nadie quiso escuchar: la infancia compartida, la pobreza que los empujó al filo de la daga, la sombra inquietante de José de Arimatea, la voz del Nazareno… y el eco de un hermano que, aun muerto, continúa hablándole desde los espejos.

 

Esta novela no busca absolver ni acusar.

Busca revelar.

Revelar a la madre que pierde dos veces, al hermano que sobrevive sin saber cómo, y al hombre que la historia redujo a una blasfemia final.

 

“El que vio morir su rostro” es una tragedia íntima y luminosa, donde la sangre, el silencio y la identidad se entrelazan para mostrar que ningún destino se escribe solo… y que la muerte de un hermano puede convertirse en la vida entera del otro.

 

Un relato conmovedor, humano y feroz, que reimagina uno de los momentos más conocidos de la historia desde la voz del único testigo condenado a recordar.

 

 

EL OTRO ROSTRO DE GESTAS

 

 

PRÓLOGO

 

Fragmento hallado entre el polvo de una celda olvidada al norte de Jerusalén

 

Me llamo Jaim. Mi pecado fue vivir.

 

Mi condena: cargar el rostro del que ustedes llaman “el mal ladrón”.

 

No vine a defenderlo. Vine a que me escuchen. A que alguien, por fin, lea nuestra historia sin la túnica del juicio ni la venda del dogma.

 

Él fue llamado Gestas, como si al nombrarlo así lo borraran de nosotros. Pero su verdadero nombre era Micaias. Era mi hermano. Mi espejo. Mi otra mitad.

 

Los escribas lo pintaron como bestia. Los predicadores, como símbolo del castigo eterno. Y ustedes... ustedes ni siquiera se preguntaron si tenía madre. Si lloró alguna vez. Si amó. Si soñó.

 

Dicen que maldijo al rabí crucificado junto a él. Tal vez lo hizo. Pero ¿no grita también el que se ahoga? ¿No blasfema el que jamás fue oído?

 

Yo no lo justifico. Solo digo que fue más que su último grito. Fue un niño. Fue un hijo. Fue un hermano.

 

Y yo... yo fui el que no murió.

 

No esperen esperanza aquí, ni doctrina, ni perdón.

 

Solo palabras que aún sangran, que no encuentran explicación.

 

Lean. Duden. Y, si les queda humanidad, lloren por todos los que murieron sin ser escuchados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Madre mía, de aquí a treinta años me han de crucificar los judíos en Jerusalén y estos dos ladrones serán puestos en cruz juntamente conmigo. Tito estará a la derecha y Dúmaco a la izquierda. Tito me precederá en el paraíso.

 

Evangelio Árabe de la Infancia, capítulo XXI

 

 

 

CAPÍTULO I

 

El aviso llegó demasiado pronto.

O quizá llegó cuando debía, pero mi espíritu —cobarde como siempre— se negó a aceptarlo. Hay palabras que no deberían pronunciarse al amanecer, cuando la luz es tan frágil que cualquier verdad la quiebra.

 

—Lo hemos encontrado —dijo la voz desde fuera de nuestra habitación, en las afueras de Jerusalén.

 

Mi madre levantó el rostro.

Yo vi en sus ojos un pequeño temblor de esperanza, tan breve como el destello de una lámpara a punto de apagarse.

 

—Está siendo ejecutado —continuó la voz—. La guardia requiere a un familiar. Lo han crucificado en la Calavera.

 

El silencio fue un golpe.

Su cuerpo se dobló sin hacer ruido, como si una mano invisible hubiera cortado la cuerda que sostenía su vida. Corrí a sostenerla, pero mis brazos no bastaron.

 

—¡Jaim! —gimió, sin verme—. ¡Jaim…

 

—Aquí estoy, madre… aquí estoy.

 

Pero incluso mientras lo decía, sentí la vergüenza de quien quiere estar y no sabe cómo.

 

Cuando nos pusimos en marcha, noté que mis manos temblaban. No por el polvo que el viento arrastraba, ni por el miedo a la muerte, sino por la culpa que siempre había caminado a mi lado. A veces pienso que la culpa fue mi verdadera hermana gemela, no Micaias.

 

Mi madre avanzaba sin cubrir su cabeza, como si no quisiera protegerse del sol ni de la mirada de nadie. Yo, en cambio, me cubrí con el manto para esconder el temblor de mis labios. Siempre fui el que se esconde. Siempre fui el que observa desde un rincón.

Siempre fui el que calla.

 

El camino hacia el Gólgota —ese montículo funesto junto a la puerta de Damasco— parecía más largo que nunca. No por la distancia, sino por el peso.

El peso de una verdad que nunca quise admitir; mi hermano iba a morir, pero no era el único que sería sentenciado.

 

La figura encorvada de mi madre se alejaba unos pasos por delante de mí.

La seguía como siempre la seguí, desde atrás, intentando no estorbar, temiendo no ser suficiente para sostenerla. Desde que murió mi padre —una muerte rodeada de silencios demasiado pulcros para ser inocentes— me convertí en su sombra.

 

Mi madre nos llamaba “sus espejos vivos”.

Gemelos idénticos.

Dos mitades que se confundían para el mundo, pero no para ella.

Hoy ese juego terminaba.

Una mitad se rompía.

La otra… no sabía si seguiría siendo un espejo o un recordatorio cruel.

 

Aun a la distancia escuchaba sus sollozos. Eran antiguos. Venían de años atrás, cada noche que Micaias regresó cubierto de rabia, cada discusión con José de Arimatea, cada rumor sobre los de la daga.

Yo conocía ese llanto.

Era el llanto de una madre que nunca pudo salvar a su hijo.

 

Y en ese instante, mientras mis pies avanzaban solos, tuve un pensamiento que me heló el alma:

 

No solo perderé a mi hermano. Perderé a mi madre también.

Perderé lo que queda de ella cuando él exhale su último aliento.

 

Pero no dije nada.

Nunca digo nada cuando debería.

 

Desde niños crecimos en la pobreza.

Fuimos amparados por la Ley de Moisés, por la caridad de unos pocos y por la compasión inquebrantable de nuestra madre. Ella era la roca de la casa.

 

Y sin embargo, incluso las rocas tienen grietas.

 

Mi hermano y yo robábamos.

Lo digo sin rodeos.

Él robaba por hambre y por rabia; yo robaba por seguirlo, por no quedarme atrás, por no cargar con la culpa de ser el gemelo que abandona.

Cuando pienso en ello ahora, siento que cada hurto fue un pequeño clavo que yo mismo fabriqué para su cruz.

 

La patrulla del Imperio nos cortó el paso con arrogancia.

 

—¡Hazte a un lado, vieja! —escupió un soldado.

 

Ella no respondió.

No podía.

Sus lágrimas eran más antiguas que su voz.

 

Intenté interponerme, pero uno de ellos me abofeteó con fuerza. La mejilla me ardió y, por un instante, sentí ganas de matar. No por dignidad, sino por humillación.

Las risas del pelotón me atravesaron como espinas.

 

Mi madre tropezó.

Casi cayó.

La sostuve, pero me apartó con suavidad.

Quería caminar sola.

Quería recibir todo el dolor sin compartirlo con nadie.

Como si repartirlo fuera traicionar a su hijo.

 

Mi hermano no siempre fue un malhechor.

Antes fue solo un niño alegre, con una risa que hacía temblar los muros de la casa. Recuerdo cómo soñaba con riquezas y contaba historias sobre los tesoros que algún día nos sacaría de la miseria.

 

En esas tardes en Getsemaní —cuando corríamos entre los olivos y mi madre nos seguía con una sonrisa cansada— él parecía otro.

Parecía feliz.

 

Pero la felicidad en los pobres siempre es breve.

A veces creo que eso fue lo que más lo destruyó; saber que la alegría no dura cuando se nace con hambre.

 

Un día, mientras comíamos pan con aceite bajo un árbol, mi madre le dijo:

 

—Se escribirá sobre ti en el futuro.

 

Y luego me acarició:

 

—Y tú, Jaim, serás servidor del Altísimo.

 

A veces me pregunto si esas palabras fueron bendición o condena.

Mi hermano las tomó como desafío; yo como peso.

Él buscó grandeza.

Yo busqué desaparecer.

 

Hablar de José de Arimatea es hablar de un silencio que nunca me gustó.

Mi madre lo mencionaba con devoción:

 

—El hombre justo —decía—. El amigo de tu padre. El que siempre nos tendió la mano.

 

Y, sin embargo, cuando hablaba de la muerte de mi padre, su voz cambiaba.

Hablaba demasiado pronto de otra cosa.

Evitaba los detalles.

Se refugiaba en el milagro del vino de Caná, como si mencionar al joven rabí fuera un bálsamo para una herida que no había cerrado.

 

Micaias veía ese cambio.

Lo veía mejor que yo.

 

—Padre no murió como dijeron —me susurró una noche—. Y José lo sabe.

 

Nunca quise escucharlo.

Me aferré a la idea de que José era bueno, generoso, justo…

Pero los ojos de mi hermano, cuando hablaba de él, ardían con algo que no era simple rabia.

 

Era sospecha.

 

Sospecha antigua.

Sospecha sin pruebas.

Sospecha que nunca pude borrar de su mirada.

 

Tal vez por eso comenzó su caída.

Tal vez por eso decidió unirse a los de la daga.

Tal vez buscaba vengar algo que no podía demostrar.

 

O tal vez buscaba vengar la vida misma.

 

El camino continuaba.

La Calavera esperaba.

 

Mi madre avanzaba.

Yo la seguía.

Y la sombra de José —esa sombra silenciosa que siempre estuvo en el origen de nuestra historia— caminaba con nosotros sin haber sido llamada.

 

Entonces comprendí algo que me desgarró:

 

La cruz de mi hermano no fue levantada ese día.

Fue levantada mucho antes.

En la muerte de mi padre.

En la pobreza.

En la sospecha.

En el silencio de los hombres justos.

En mi silencio.

 

Y en ese instante, mientras el Gólgota se alzaba ante nosotros, supe que lo que nos esperaba arriba no era solo la muerte de un hombre.

 

Era la muerte de todo lo que fuimos.

 

Y el nacimiento de todo lo que yo jamás quise ser.

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