HUMANOIDE

Cuento corto para un muerto que ríe

Esta historia es la de un hombre al que en  forma espontánea se le ocurrió morirse cuestión de gustos, esa reunión bohemia de congéneres a la que había sido convocado como siempre había determinado el resto de la noche respecto a su estado de ánimo, los brindis indiscriminados a modo de poesía repasaron circunstancias recuerdos y madres, debido al ahogamiento que causó su propia carcajada, el hombre de la historia resultó muerto, en medio de arcadas de risas llenas de años su alegría se convirtió en estertor cuando ante la sorpresa de él mismo, las expresiones de los compañeros de mesa cambiaron cuando al tratar de alcanzarlo cayó sobre su espalda teniendo como último recuerdo en vida, nada más que el brillo de sus zapatos al caer y humanidad en el piso, pasar de un momento a otro a ser un auténtico aguafiestas, murió en paz, bañado de risotadas memorias de antiguos ridículos por el ya olvidados y cerveza, el alcohol le había aflojado la existencia y sus compañeros de una manera respetuosa formando un círculo ante su cadáver atinaron a cerrar sus sorprendidos ojos, secar los restos de su cara y retirar el  tarro de su última compañera de la mano que se aferraba a el como si de la salvación se tratara,  desenfado mortal.

 En el momento de la celebración de sus honras fúnebres, los presentes, deudos y familiares no pudieron dejar de advertir una sonrisa franca en aquel rostro muerto, y saltaba a la vista el lazo rojo que le sujetaba el brazo contra el pecho aún con la rigidez de quien toma el tarro de cerveza formando noventa grados justo a la altura del corazón, y que, según detallaron en la agencia funeraria, dificultó el proceso del embellecimiento del muerto y del sellado de su sarcófago, añadiendo el preocupante detalle que una risa de viernes en la noche se escuchaba perdida y fue localizada  en lo más hondo del pecho del difunto con tan sólo  acercar la oreja.

 En el momento de las salutaciones de condolencia, la sala enmudeció ante la sorpresa de su viuda, quien con un salto que la apartó de pronto del cristal ya de por sí ensuciado por tantas despedidas hipócritas al advertir las flores. Este muerto estaba lleno de flores, flores le habían nacido por todas las cavidades de su cadáver como las que acostumbran nacer en las cavidades de los muertos felices que mueren rodeados de sus amigos un viernes en la noche, sin pasar por alto que el negro terciopelo del cajón se había reemplazado por un lienzo blanco que hacía las luminosa la sonrisa de nuestro muerto, todo el lugar ante el asombro de los vivos se impregnó del aroma de las flores que le nacían al muerto y que se movían al ritmo de su cada vez más perceptible risa, al grado de que la panza prominente del muerto amenazaba con abrir la tapa del estuche mortuorio, literalmente estaba muerto de risa, con  risa de difunto,   risa verdadera, de la risa que ya no tiene nada que perder;  cajita de música fue entonces su mortaja, los muertos que lo acompañaron en su eterna morada y que siempre se mostraron amistosos con él debido a su simpatía de muerto y su innegable don de gente,  tomaron por costumbre abrirla cada noche, para  reírse para recordar cuando estaban vivos, acomodar las flores y espantarse el sueño.

HF

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