HUMANOIDE
Teodoro llegó a la mitad de una frase. Cortázar estaba escribiendo una genialidad de esas suyas -bocas que se abren como maletas de viaje, mañanas con olor a taxi, un paraguas desobediente-, cuando un gato se echó sobre la hoja y borró, con el movimiento preciso de su cuerpo, la palabra “melancolía”. Julio levantó la vista y dijo “ah, claro” como quien comprende que la tristeza necesita un vivo editor.
No era un gato gordo ni flaco; era un gato mancuspio, si esa zoología tuviera sentido. Para Julio, muchas cosas no tenían sentido. El gato, tenía el lomo rayado de música de jazz y una pata ligeramente más corta que le daba un compás cojo, perfecto para caminar de dos dimensiones a tres sin pedirle permiso a nadie. Lo bautizaron Teodoro por capricho, pero el nombre le quedaba como un secreto. Junto con su autor, aprendió a convivir con Los cronopios, los fama y las esperanzas
La primera lección que Teodoro enseñó, como lo hizo Julio en Berkeley, fue de poética práctica; para arreglar un párrafo, hay que acostarse encima. Julio refunfuñaba (“Teodoro, te estás comiendo mi cuento”), y el gato bostezaba con dramatismo porteño, convertido en punto y aparte. Cuando Julio intentaba rescatar una frase de debajo de los bigotes, Teodoro la dejaba escapar, pero regresaba con un adverbio menos, como si hubiera pasado por las manos de La Maga. Así se salvaron muchos cuentos que, sin él, habrían envejecido con obesidad de olvido.
La segunda lección fue de tiempo. Teodoro escuchaba el tic-tac de los relojes y reía en gato, que es una risa sin dientes. Le gustaba echarse a dormir en el lugar exacto donde un cuento debía girar, demorando el destino lo justo para que el lector tuviera la sensación de que el final no llega por causalidad sino por ritmo. Julio aprendió a obedecer esa pausa. Descubrió que las historias respiran como bandoneones y que el gato es el fuelle.
Los días de lluvia en París, Teodoro practicaba un deporte alquímico; cruzaba de un salto del papel a la calle y regresaba con las patas mojadas, marcando huellas de agua sobre la mesa. Esas marcas, al secarse, dejaban palabras que nadie había escrito. Aparecían en francés o en castellano, a veces mezcladas incluso en inglés, como si el idioma fuera un juego de rayuela jugado con piedrecita y tiza (gis) húmeda. Julio miraba, copiaba, corregía -la corrección es otra manera de copiar-, y Teodoro se llevaba el mérito en silencio, que es donde ganan los gatos. Teodoro emitía un sonido raro al observar “bestiario” durmiendo en el estante del living.
A veces, el gato desaparecía por días. Julio lo buscaba detrás de libros, atrás de sus cámaras fotográficas, debajo de camisas, en la heladera (refrigerador) (no pregunten, no soy argentino), y al fin lo encontraba dormido dentro de un sombrero. Allí soñaba con cosas torcidas que luego había que enderezar; trenes que iban hacia atrás, ascensores que subían al subsuelo, cartas que llegaban antes de ser enviadas. Cuando despertaba, Teodoro dejaba sobre la mesa una especie de mapa con migas de pan, pelo y tinta. Julio lo seguía como se sigue a los gatos, con dignidad fingida. Llegaba entonces a un final inesperado que, una vez hallado, parecía el único posible.
La tercera lección fue de cariño. Teodoro tenía un modo particular de mirar, como se mira a un perseguidor o a una casa tomada; de costado, como si las cosas fueran mejores desde ese ángulo. Cuando Julio se quedaba pegado a una palabra como a una telaraña, el gato pasaba y la rompía con un zarpazo breve. Alguna vez, el escritor le reprochó en voz alta:
-Me dejás el cuento hecho un colador -dijo.
-Miau- contestó Teodoro, que significa: “Agradece a Rocamadour”.
El día en que se fueron del departamento amueblado, Teodoro decidió no viajar en jaula. Se metió en una valija y se durmió encima de las cartas de amigos de un tal “Club de la serpiente” que olían a cigarro y a exilios. A amores no correspondidos, a puentes con personajes debajo, a llanto, manicomio del lado de acá y de allá.
En las madrugadas, cuando la ciudad estaba desarmada sobre la mesa de un escritor soñoliento de insomnio, Teodoro dictaba instrucciones; “Para desordenar un cuento, comience por quitarle el principio. Déjelo sobre el respaldo de una silla. Pase el final al medio y siéntese encima para que no vuelva. Cambie algunos sustantivos por objetos que estén a mano. Quite los adverbios que parezcan cortesía. Sople. Si el autor protesta, acuéstese en su pecho hasta que se le pase”.
Julio escribió una nota que nunca publicó: “Un gato como lector ideal”. Enumeraba virtudes; paciencia, malicia, distancia, amor por la página como superficie tibia. Afirmaba que el gato entiende la respiración del texto, que es lo único imprescindible. Decía también que Teodoro era capaz de distinguir, con un leve movimiento de oreja, la diferencia entre lo raro necesario y lo raro gratuito. Y que, frente a un lugar común, se dormía. Era su forma de censura.
Cuando Teodoro murió (porque todos los gatos mueren y eso es insoportable y verdadero), lo hicieron sin ceremonia. Julio escribió un cuento que no trataba de gatos, pero estaba lleno de pelusas brillantes. Perdió una coma a conciencia. desapareció un punto. Dejó una frase coja, como el paso de Teodoro. Cerró la máquina y se fue a la calle a caminar con su editor en la mente. París, con brutal gentileza, le devolvió la lluvia. En su andar encendió mil cigarrillos, y recordó a Charlie Parker.
Esa noche, encima de la mesa, aparecieron huellas de agua formando una palabra apenas legible: “Sigue”. Julio obedeció con la insensatez de los infieles. Escribió un final donde el lector está invitado a mover un mueble de sitio, a sentarse en un borde, a dormir sobre una palabra. A desordenar lo justo para que el relato vuelva a latir.
Si usted, lector, encuentra en estas líneas una falta, no la corrija; es un agujerito para que respire Teodoro. Él, que odia las melancolías mal puestas, sabrá por dónde entrar y salir. Y si se sienta de pronto sobre su pecho mientras lee, no lo aparte, está midiendo si su corazón encaja con el ritmo de la página. Si encaja, lo dejará dormir. Si no, le borrará un adverbio. Se lo agradecerá más tarde.
Con toda mi admiración a Julio Cortázar y su legado eterno en mi alma.
Y a los gatos…

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