HUMANOIDE
El músico había dejado de tocar, el mundo se empeñaba en tratar de hacerle olvidar el motivo de su existencia. Su piano, antaño vibrante, estaba cubierto de polvo. La inspiración otrora compañera, no regresaba por la puerta desde un tiempo atrás. Sus dedos, antes ágiles, parecían torpes y pesados. Vivía encerrado entre partituras vacías, convencido de que la música lo había abandonado para siempre. Eso para él, era muy parecido al vacío.
Hasta que una noche, al borde del insomnio tan temido y recurrente, escuchó un sonido extraño en la ventana. No era viento, no era lluvia, era un maullido. Grave, profundo, como una nota perdida. Afuera, bajo la luna, lo miraban dos ojos dorados.
El gato negro empezó a visitarlo cada medianoche. No pedía comida ni refugio; simplemente se sentaba en el saliente del balconcillo y maullaba, una y otra vez, con un ritmo que parecía ocultar un secreto. Al principio, el músico lo ignoró, pero poco a poco su oído, entrenado en años de armonías, descubrió algo, cada maullido tenía un tono, un intervalo, una cadencia. Era como si aquel gato escondiera una partitura en su garganta.
Intrigado, el músico volvió a sentarse frente al piano. Imitó el sonido. La primera vez falló, pero el gato no se movió. Maulló de nuevo, y entonces surgió un acorde tenue. Noche tras noche, los dos continuaron ese extraño diálogo, el gato maullaba, el músico respondía con teclas. El polvo fue desapareciendo, reemplazado por melodías nuevas y entrañables que nacían de la oscuridad.
La gente del barrio empezó a detenerse bajo la ventana, escuchando en silencio las nuevas composiciones que brotaban a medianoche. Decían que eran piezas distintas a cualquier otra, cálidas, misteriosas, con una nostalgia imposible de describir. Nadie sabía que el verdadero origen estaba en un gato negro que, sentado en silencio tras cada concierto, ronroneaba satisfecho.
El músico nunca volvió a sentirse solo. Y cada vez que sus manos titubeaban sobre el teclado, bastaba un maullido suave para recordarle que la inspiración puede venir de los lugares más incomprendidos… incluso de la voz de un gato negro bajo la luna. Un mensaje musical de vida con ojos de gato.
Con cariño para mi primo Carlos Flores, músico desde antes de nacer

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