HUMANOIDE
En mi barrio había un gato distinto a todos. No era el más fuerte, ni el más ágil, ni el más peculiar. Era un gato común, de pelaje gris manchas blancas como si la nieve se le hubiera quedado y orejas pequeñas, pero con una costumbre extraña y particular: cada tarde se sentaba frente al viejo buzón de la esquina, como si estuviera esperando una carta que, a observar, no llegaba nunca.
La paciencia del gato era asombrosa. Con diligencia diariamente clavaba sus ojos amarillos, sus ojos de gato, en el buzón, como si este estuviera apunto de cobrar vida, y volteaba de soslayo a cada lado de la vieja calle, esperando la llegada de algo.
Los niños le llamaban Correo, porque parecía un cartero silencioso que jamás se movía de su puesto. Yo lo veía desde mi ventana, y al principio pensé que solo estaba cazando ratones, o cuidando su territorio, como hacen los gatos. Pero con el tiempo comprendí que había quizá, un motivo más.
Un día me decidí a seguir sus movimientos. Cuando el cartero dejó un puñado de sobres en el buzón, Correo saltó de inmediato, metió la pata entre la ranura y, con la paciencia de un monje, sacó uno de los sobres. Lo tomó con delicadeza en la boca y corrió por la calle. Yo, curioso, lo seguí sin que me viera.
Aquel gato hacía algo especial, era evidente a cualquier corazón. Y lo hacía con un propósito. La primera que vi entregar fue a una anciana que vivía sola en una casa de ventanas rotas. El sobre estaba arrugado y mordido, pero cuando la mujer lo abrió, sus ojos se llenaron de lágrimas y sonrió como si el mundo entero hubiera vuelto a tener sentido.
Después descubrí su secreto. Correo no entregaba las cartas al azar, parecía saber exactamente a quién pertenecían. Una postal perdida terminaba en manos de un marinero retirado que soñaba con puertos lejanos; una carta de amor sin remitente aparecía en el regazo de una muchacha que esperaba noticias; y hasta un sobre vacío, que no decía nada, llegaba a las manos de un niño que necesitaba creer que alguien, en algún lugar, pensaba en él.
Yo no entendía cómo podía hacerlo. No sabía leer, por supuesto, pero había en sus ojos una especie de brújula invisible, una certeza que lo guiaba. Era como si adivinara el camino que el corazón de cada carta necesitaba recorrer.
Los vecinos comenzaron a notarlo. Algunos fingían no ver nada, otros lo esperaban en la puerta con la esperanza de que el gato les trajera aquello que habían perdido, un saludo, un recuerdo, un perdón. Y muchas veces ocurría.
Una tarde de lluvia lo encontré empapado, sentado frente al buzón, como siempre. Me miró con esos ojos suyos que parecían guardar un secreto más grande que el barrio entero. En su boca llevaba un sobre dirigido a mí. No tenía remitente. Lo abrí con las manos temblorosas, dentro había solo una hoja en blanco.
Al principio sentí desilusión. Pero luego entendí. El gato me estaba diciendo que la carta era mía para escribirla, que todavía tenía cosas que decir, palabras que entregar, recuerdos que poner en el camino de alguien. Palabras que sólo un escritor como yo, intentaría compartir.
Desde entonces, cada vez que lo veo pasar con una carta entre los dientes, sonrío. Y pienso que quizá los gatos saben cosas que nosotros hemos olvidado. Cosas sobre la memoria, la esperanza, y sobre esas cartas invisibles que todos guardamos en el corazón, esperando que alguien, algún día, las reciba.

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