HUMANOIDE
La ventana de Justina daba a una calle estrecha donde el sol llegaba en diagonal en el lugar junto al lago. Desde allí, la mujer contaba el día en pasos de gente, en voces de vendedores, en risas que pasaban como pájaros distraídos. A la hora del café, la luz se ponía dorada y eso bastaba para que Justina dijera: “Hoy valió la pena vivir”.
Nadie sabía desde cuándo esperaba. Algunos decían que a un hijo que se fue al norte y prometió volver por Navidad. Otros, que a un amor que se subió a un tren y nunca mandó carta o recuerdo alguno. Justina no corregía a nadie. Esperar era su modo de seguir. Los libros de medicina la rodeaban como guardianes de su antigua profesión.
Una tarde, apareció un gato negro en el escalón. Tenía la oreja izquierda, como si no pudiera moverse, y los ojos tercos de quien entiende la noche mejor que todos. Justina le abrió con el dedo un hueco en la cortina. El gato se acomodó como si aquella casa le perteneciera desde antes.
Se hicieron rutina. Justina ponía un platito con agua; el gato, que no aceptaba muchas ternuras, dejaba un pelo brillante como recibo de visita. Los vecinos -que todo lo ven- chismorreaban sobre la mala suerte de tener un gato negro en la ventana. Justina la doctora sonreía. Solo quien no ha estado solo con un gato cree en supersticiones.
Una noche de viento, la doctora no pudo dormir. El recuerdo del hijo -si existió- le dolía como un nudo en el costado. Se levantó, apagó la radio y se sentó frente a la ventana. El gato, que ya estaba allí, se estiró y apoyó una pata en el vidrio. Entonces ocurrió algo que nadie le creería el cristal dejó de ser cristal y se volvió mar.
Justina vio una pradera de hierba blanda. Vio una figura que venía hacia ella, de espalda recta y sonrisa de cuando los días eran largos. No supo si era el hijo, el amor o la versión de sí misma que se había quedado en otro tiempo. Supo, en cambio, que el dolor se desanudaba, que la respiración encontraba su compás antiguo. Detrás, la casa quedó como un dibujo bien hecho que ya no era necesario mirar de tan aprendido.
- ¿Es hora? -preguntó, sin miedo.
El gato no respondió. Rozó con la cabeza su muñeca y volvió a mirar el horizonte que ahora estaba a una mano de distancia. Livia entendió la respuesta que no venía en palabras, “Cuando quieras”.
No cruzó esa noche. Cerró los ojos, agradeció y volvió a la cama. Durmió hondo. A la mañana siguiente, el gato no estaba. En el escalón, una hebra de luz - ¿de dónde venía? - dibujaba un hilo hasta el piso.
Durante las semanas siguientes, Justina se preparó con un orden que parecía una coreografía; puso en cajas lo que no necesitaba, regaló los manteles que nadie usaba, escribió dos cartas sin destinatario y empacó sus libros de la escuela de medicina. El día que decidió irse -ir: palabra enorme para un viaje breve- se sentó frente a la ventana con la taza de café en las manos.
-Estoy lista -dijo-.
El gato apareció sin ruido, saltó al escalón más grande y volvió a apoyar la pata en el vidrio. El horizonte regresó como si hubiera estado esperándola a ella. Justina se incorporó, alisó el vestido y sonrió a la casa. No se despidió de nadie, la despedida mareaba.
No la encontraron al día siguiente. Los vecinos la buscaron junto al lago, en su viejo consultorio y al no aparecer en algunos días, trajeron flores, hablaron de buena despedida, de paz, de haber tenido tiempo. Una muchacha joven -que a veces le llevaba pan- limpió el plato del gato, aunque juraría que en esa casa no había ninguno.
En la ventana, el vidrio volvió a ser vidrio. Pero si uno lo miraba de cierto modo, si afinaba la vista como quien escucha una canción de muy lejos, podía ver al fondo una franja dorada. Algunos decían que era la luz del atardecer; otros, que era un truco de ojos cansados. La muchacha, al pasar, le dejaba un saludo a la nada. Y, de vez en cuando, un gato negro aparecía, miraba hacia el horizonte con atención de farero y se marchaba antes de que alguien pudiera acariciarlo.

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