HUMANOIDE
Don Ernesto escribía cartas a su esposa desde hacía quince años. Se sentaba en la mesa de la cocina, sacaba un sobre del cajón, una pluma de tinta azul, y le contaba el día; que la bugambilia había florecido otra vez, que el vecino de enfrente seguía cantando boleros desafinados, que la sopa le había quedado demasiado salada. Al final, siempre añadía la misma postdata: “Vuelve en mis sueños, que no te cansas”. Guardaba las cartas en una caja de galletas vacía, junto a las fotos y a un boleto de entrada de cine amarillento.
El gato negro comenzó a dormir sobre esa caja. Apareció una tarde de lluvia, chorreando, con esa dignidad que no se moja. Don Ernesto le puso un trapito y un poco de leche. El gato aceptó como aceptan los reyes cuando los invitan a una mesa humilde. Al tercer día ya había escogido su trono, la caja de cartas.
-Si supieras lo que guarda -le dijo el hombre-. Ahí está lo que no se puede tirar.
No esperaba respuesta. La obtuvo de todos modos. Una madrugada, Don Ernesto escuchó un ruido de papeles como alas. Se levantó, encendió la luz y vio al gato con una carta en la boca. El animal la dejó sobre la mesa con una delicadeza que desmentía su fama, se subió al respaldo de la silla y lanzó un ronroneo largo. El sobre estaba abierto. Dentro, la letra de Ernesto parecía más nítida que de costumbre.
- ¿Qué haces, mi sinvergüenza? -sonrió el viejo, sin enfado.
Tomó la carta para guardarla de nuevo, pero entonces pasó algo que no supo explicar nunca; el papel tembló, se arqueó como una vela al viento y se elevó unos centímetros. Otra carta salió de la caja por sí sola, y otra, y otra. En el aire, las hojas comenzaron a girar alrededor de Don Ernesto y del gato, formando un círculo lento. De pronto, la cocina se llenó de una voz. No venía de ninguna parte; venía de los papeles.
-Estoy -dijo la voz. O quizá fue “aquí”. O quizá fue su nombre dicho como lo decían cuando eran jóvenes.
Don Ernesto se sentó, con la mano en el pecho, no por susto, sino por exceso de alegría. Cerró los ojos y escuchó. La voz le habló de cosas pequeñas, del mantel preferido, de la receta que siempre se le quemaba, de aquel día de lluvia en que corrieron a llorar al mismo lugar por razones distintas. Le dijo también algo importante, pero tan sencillo que solo podía escucharse con el corazón quieto, “No te he dejado solo; tú me dejas entrar cuando escribes”.
Cuando abrió los ojos, las cartas estaban de nuevo sobre la mesa, en una pila ordenada. El gato, al que la ceremonia no parecía haber cansado, bostezó y volvió a la caja, donde se durmió con la cabeza apoyada en la tapa.
Desde ese día, Don Ernesto dejó una carta sin sobre cada noche. Escribía menos, no porque no tuviera qué decir, sino porque ya no necesitaba explicarse tanto. Aprendió a hablar de pie, mientras regaba las plantas. Aprendió a escuchar en el zumbido del refrigerador, en el ruido de los tacones de la vecina del segundo, en el maullido breve que anunciaba visitas.
La gente comenzó a notar que estaba distinto. “Más ligero”, decía la del puesto de verduras. “Más contento”, el cartero. Nadie sabía - ¿cómo habrían de saber? - que, a veces, al pasar frente a la ventana de la cocina, se veía un remolino de papeles dentro, suave como la respiración de alguien dormido.
Un domingo, el hijo mayor vino a comer. Al despedirse, sostuvo la caja de galletas en las manos.
- ¿Quieres que la lleve a un lugar más seguro, papá?-
-No hace falta -dijo Don Ernesto-. Está donde tiene que estar.
El hijo besó a su padre en la frente y se marchó con paso que no quería sonar a prisa. El gato, en la mesa, volvió a abrir la caja con una uña, como quien aplaude sin hacer ruido.
Esa noche, Don Ernesto sacó una carta nueva. No escribió “querida mía”. Escribió “gracias”. Luego puso el papel sobre la mesa, apagó la luz y se sentó a escuchar. El silencio contestó, lleno de cosas. El gato saltó a sus piernas, le clavó apenas las uñas en el pantalón y, con ese gesto mínimo, lo amarró al mundo.
En algún lugar entre el sueño y la vigilia, la voz volvió. No decía nada que pudiera repetirse sin que perdiera la gracia. Decía lo único que necesitamos oír cuando el amor se queda del otro lado del tiempo, “Estoy”.
Al amanecer, la caja seguía en su sitio. El gato también. Don Ernesto preparó café para dos, colocó otra taza en la mesa por costumbre vieja y sonrió sin vergüenza. Sabía que la cocina estaba menos sola de lo que parecía.

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