HUMANOIDE
En el pueblo de San Aurelio todos hablaban de la gata de los tres colores. Nadie se atrevía a tocarla. Decían que una Carey trae desgracias, que sus manchas de negro eran de luto, las naranjas de rabia y las blancas de muerte. La veían aparecer en las encrucijadas al anochecer, con la cola erguida y los ojos encendidos, y se persignaban como si hubieran visto al mismísimo diablo con bigotes.
Pero Alma, una niña de apenas diez años, no tenía miedo. Había aprendido que quienes más gritan sobre la mala suerte son quienes más la esconden en los bolsillos. Alma era huérfana, vivía con una tía severa que la mandaba a vender galletas en la plaza. En las tardes, cuando el cansancio le mordía los pies, se detenía en la esquina donde la gata siempre estaba.
La Carey la miraba en silencio, como midiendo algo que nadie más podía ver. Una noche, Alma decidió acercarse.
-No creo que seas mala suerte -dijo, ofreciéndole un trozo de pan duro.
La gata lo olfateó, aceptó y ronroneó con un sonido grave, como si fuera un viento de otro mundo.
Desde entonces, se hicieron compañía. Alma le hablaba de su madre, de los juegos que ya no tenía tiempo de jugar, de lo que soñaba ser; una viajera de los mares. La gata escuchaba, inmóvil, con los ojos encendidos como brasas.
Hasta que ocurrió lo imposible.
Una tarde de lluvia, Alma vio que los ojos de la Carey cambiaban, uno brilló en negro profundo, otro en ámbar ardiente, y en el reflejo blanco de su pelaje apareció un resplandor extraño. Alma entendió que la gata no tenía tres colores por casualidad. Cada mancha era un futuro.
- ¿Me enseñas? - musitó la niña.
La gata parpadeó lento.
Entonces Alma lo vio todo. En el negro: un camino de hambre y soledad, seguir obedeciendo a su tía, crecer entre regaños y nunca escapar. En el ámbar: un futuro de rebeldía desordenada, huir del pueblo, sí, pero terminar atrapada en otras cadenas. Y en el blanco: un sendero casi invisible: pedir ayuda, confiar en la bondad de alguien, construir una vida con manos propias y ajenas, no solo con el impulso del escape.
Alma lloró. No porque tuviera miedo, sino porque por primera vez entendió que elegir no era solo desear. Era atreverse.
Al día siguiente, habló con la maestra del pueblo y le pidió quedarse a estudiar después de clases. Al principio fue difícil, la tía protestó, la gente murmuró, las horas no alcanzaban. Pero Alma siguió firme. Recordaba el ojo blanco, ese futuro tenue que dependía de su valor.
La gata Carey seguía esperándola en la encrucijada. Nunca volvió a mostrarle los tres futuros. Ya no hacía falta, Alma había elegido.
Pasaron los años. Alma se convirtió en enfermera. Viajó a ciudades, conoció mares y ayudó a otros a sanar sus heridas. Nunca olvidó a la gata, aunque a veces dudaba de si no había soñado aquella revelación.
Hasta que, una madrugada, al regresar a San Aurelio para visitar la tumba de su madre, vio una silueta sentada en la misma esquina. Era otra gata Carey, con manchas distintas pero la misma mirada. Alma sonrió, dejó un pan sobre el suelo y susurró: -Gracias por enseñarme a elegir. -
La gata se perdió en la oscuridad, dejando en el aire un ronroneo profundo, como si la suerte -buena o mala- fuera solo la forma que uno tiene de mirar los caminos que es necesario elegir

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