HUMANOIDE

EL ÚLTIMO VIAJE EN TREN
(CUENTOS CON OJOS DE GATO)
El cuarto estaba en penumbras, apenas iluminado por la lámpara de noche que proyectaba un resplandor tibio en las paredes. En medio de la habitación, alrededor de la cama de un niño, un trenecito de juguete recorría una pista circular con su humo de vapor artificial y su inconfundible silbido melancólico.
Cada noche era igual, el tren avanzaba lentamente, arrullando al pequeño mientras el sueño lo envolvía. El niño, pálido y frágil, seguía con los ojos la marcha de los vagones como si en ese traqueteo diminuto encontrara un consuelo.
Una madrugada, sin que nadie lo advirtiera, apareció junto a su pequeña ventana, un gato negro. Se deslizó silencioso y se acomodó junto al tren. No era un gato cualquiera, su pelaje brillaba como terciopelo bajo la luz tenue, y sus ojos amarillos parecían contener todas las noches del mundo.
Al principio, el niño lo miró con sorpresa. Estaba acostumbrado a que la gente le tuviera miedo a los gatos negros, a que dijeran cosas feas de ellos. Pero este gato no daba miedo. Más bien parecía que lo entendía sin palabras.
El felino empezó a caminar alrededor de la pista, acompasando sus pasos con el sonido de las ruedas del tren. Luego, con un movimiento suave, saltó dentro de uno de los vagones. El tren siguió su marcha, pero el niño notó algo diferente; el cuarto comenzó a desvanecerse, y en su lugar aparecieron montañas de algodón, como nubes que podían tocarse con las manos.
El tren avanzaba sobre rieles invisibles, cruzando ríos de cristal que reflejaban constelaciones desconocidas. El niño, maravillado, ya no sentía dolor en su cuerpo. Miró al gato, que lo observaba desde el vagón delantero con aire solemne, como si fuese un conductor silencioso de aquel viaje imposible.
- ¿Adónde vamos? -susurró el niño.
El gato no respondió con palabras. Apenas parpadeó lentamente, y en ese gesto había más claridad que en cualquier frase. El niño entendió sin entender, iban hacia un lugar donde el dolor no existía, donde los huesos no pesaban, donde el cansancio era solo un recuerdo.
El tren atravesó desiertos dorados, mares azules que cantaban, bosques de árboles transparentes. El niño se dejó llevar, riendo como no lo hacía desde hacía meses. A cada kilómetro, sentía su corazón más liviano. El niño llamó al gato: Maquinista.
Finalmente, llegaron a una estación luminosa, hecha de estrellas y silencio amable. Maquinista bajó primero, giró su cabeza y lo miró con paciencia infinita. El niño supo que era el momento de descender.
Antes de dar el paso, se volvió para mirar su cama en la distancia, la lámpara aún encendida, el tren de juguete dando vueltas vacío, su propio cuerpo dormido bajo las cobijas. No sintió miedo. Había alguien que lo acompañaba.
El gato rozó su pierna con el lomo, guiándolo hacia adelante. Y en ese contacto, el niño entendió lo que nunca había comprendido, que a veces, los seres más incomprendidos son quienes saben acompañar mejor en los viajes más difíciles.
Desde esa noche, el tren de juguete dejó de andar. Pero quienes entraban al cuarto decían que, en la penumbra, a veces se oía un suave maullido y un silbido de locomotora perdiéndose en la distancia.
Héctor Flores


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