HUMANOIDE

EL ORFANATO
CUENTOS CON OJOS DE GATO
El orfanato quedaba en lo alto de una colina desgarrada por el tiempo, con un camino de tierra que en lluvias se volvía lodo, y en sequía, polvo. Lo llamaban Santa Prisca, aunque nadie recordaba a esa santa, era lo que menos importaba; lo que se rezaba allí no eran oraciones, sino listas de cosas que faltaban. Faltaba leche, faltaban mantas, faltaba paciencia. Y, sobre todo, faltaban brazos.
Por las noches, cuando el viento golpeaba las ventanas y los pasillos olían a sopa fría, los niños contaban la misma historia en voz baja un gato gris, casi plata, aparecía a los pies de la cama y se trepaba con una delicadeza que no era de este mundo. Se acostaba sobre el pecho, los miraba fijo, y el corazón dejaba de brincar como un pájaro asustado. Después, el sueño traía cosas imposibles; una madre que peinaba con un peine verde, un padre que enseñaba a lanzar piedras al río, un abuelito preparando pan. No eran fantasías, decían ellos. Eran recuerdos que habían perdido.
La directora, una mujer severa y cansada, prohibió hablar del gato. “Son ideas que confunden”, dijo. Pero la noche no obedece a los reglamentos. El gato siguió entrando, puntual, siempre que la luna se escondía y la colina silbaba. Se acostaba donde más dolía.
Un invierno se congelaron las cañerías. La cocina funcionaba a medias y los resfriados eran todo. Un niño nuevo, Jacinto, llegó con una foto doblada de su madre y un miedo que no sabía decir. No hablaba. Dormía poco. La primera noche en Santa Prisca, sintió un peso suave en el pecho. Abrió los ojos y encontró dos luces amarillas observándolo. El gato olía a sol. Jacinto no gritó. Estiró la mano y tocó el lomo tibio. Detrás de los ojos del gato apareció una cocina pequeña y una mujer batiendo huevos, la misma de la foto, con un lunar en el cuello. No dijo “mamá”. Dijo “huevo”. El resto vino solo.
Los niños empezaron a identificar sus propias palabras perdidas. Una niña que nunca había corrido soñó con lodo en las rodillas; al despertar, pidió salir al patio. Un chico que escribía con los puños cerrados soltó los dedos después de soñar que un gato le abría la mano con la nariz. La directora anotaba cambios que no podía explicar; menos pesadillas, menos sobresaltos, menos llantos sin causa. Pero siguió negando al gato. “Supersticiones”, repetía, y cada ocasión, dolía.
Una tarde de viento helado, llegó un inspector. Revisó inventario, preguntó por protocolos, miró colchones. Cuando vio a los niños en fila, halló obediencias y faltantes; no encontraba humanidad. En la noche pidió dormir allí. La directora, a disgusto, le cedió una cama en la enfermería.
El inspector no creía en nada. Sin embargo, cuando el viento golpeó la ventana, sintió un peso pequeño en el pecho. No abrió los ojos, su vida no estaba hecha para milagros. Pero una voz lejana lo llamó por su nombre como lo llamaban de niño, y estuvo otra vez en el patio de su casa, de espaldas al sol, con un papalote (cometa) roja atascada en el árbol. Al despertar, tenía los ojos húmedos. Nadie lo vio. Él sí vio al gato, cruzar la sala como si le perteneciera, con ese andar sin ruido de las cosas verdaderas. En el informe escribió una frase que la directora releyó cien veces: “Aquí falta mucho, pero hay algo que cuida”. Aprobó el presupuesto.
Llegaron mantas, llegaron libros, llegaron tazas sin muescas. Los niños siguieron soñando, aunque menos desesperados. La directora, que nunca permitía mascotas, compró un plato de metal y lo dejó bajo la mesa de la cocina. No puso nombre. En la noche, por primera vez, se quedó dormida sentada y soñó con un patio que no conocía, lleno de flores que se abrían, y con un gato al sol.
Desde entonces, cuando un niño nuevo llegaba con la mirada de quien todavía cae, los demás le explicaban en secreto; “No tengas miedo. Aquí hay alguien que sabe buscar lo que se te perdió”. Y no señalaban a las cuidadoras, ni a los maestros, ni a la directora. Señalaban la sombra que cruzaba el pasillo, gris y silenciosa, como una promesa con bigotes.
Nadie supo de dónde vino el gato. Nadie lo adoptó. Nadie lo enterró. Un día dejó de aparecer con la puntualidad de siempre. Los niños, ya crecidos, aprendieron a dormir sin él. Pero, de vez en cuando, en medio de una mudanza, de una mala noticia o de un abrazo, sienten un peso leve en el pecho, como una mano pequeña que pone en su sitio una palabra faltante. Y entienden que hay cosas que ningún adulto puede dar; la calma que trae un gato que te mira sabiendo más de ti que tú mismo.
Héctor Flores


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