HUMANOIDE
La vieja biblioteca permanecía cerrada desde hacía años. El polvo había reclamado cada estante, los lomos de los libros se curvaban bajo el peso del olvido y las ventanas dejaban pasar apenas un respiro de luz. Para los vecinos, era un lugar maldito, decían que allí habitaban sombras que danzaban macabramente a medianoche.
Y tenían razón.
En medio de aquel reino de penumbra, vivía un gato negro. Sus ojos verdes eran las únicas lámparas que permanecían encendidas. Nadie sabía de dónde había llegado ni por qué había escogido quedarse, pero cada noche recorría los pasillos como un vigilante silencioso. Cuando los murmullos de los espíritus intentaban arrancar páginas, cuando las sombras juguetonas trataban de borrar letras, el gato se interponía con un salto elegante y un maullido grave que resonaba como un conjuro. Era el guardián invisible de todas las historias. De todos los mundos que habitaban en los libros.
Solo una niña, curiosa y temeraria, se atrevió a entrar. Había oído hablar de los fantasmas, pero lo que encontró fue distinto; aquel gato negro, recto sobre una mesa, como un pequeño ídolo antiguo, con un libro abierto bajo sus patas. Ella no sintió miedo, sino curiosidad. Se acercó con cuidado y, en lugar de huir, el gato le permitió acariciar su lomo. Esa noche, juntos, comenzaron a leer en voz baja.
Desde entonces, la niña volvió cada tarde. El gato, que hasta entonces había luchado solo contra el olvido, la dejaba elegir libros, la acompañaba por los pasillos de la biblioteca, se le unía en la lectura echado y de cuando en cuando, en los momentos cumbres de las historias emprendía una loca carrera por todo aquél universo, terminando siempre en el mismo lugar. A veces, cuando ella se cansaba, él daba un zarpazo ligero a la página, como animándola a continuar. Poco a poco, las sombras dejaron de aparecer. La biblioteca, antes sombría, empezó a llenarse de risas, de historias rescatadas y de una extraña calidez que brotaba del ronroneo del guardián de los libros.
Devoraron tiempo, historias y mundos. La niña se convirtió en viajera de las letras ante el parpadeo lento y complaciente de aquellos ojos verde viejo. La compañía y emoción del gato le mostró el camino más corto al amor por la literatura. Muchas tardes compartidas de aquél par de navegantes de la imaginación.
El tiempo pasó, Dicen que la niña creció y se convirtió en escritora, autora de un mundo misterioso y fantástico. Muchas historias nacidas de su imaginación. Pero en todos sus libros aparece, escondido entre líneas, un gato negro que vigila las palabras y mantiene a raya cualquier sombra que parezca olvido.

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