HUMANOIDE

EL GATO Y LIDIA
(CUENTOS CON OJOS DE GATO)
Nadie en la calle Magnolia 17 recordaba desde cuándo vivía Lidia allí. Era de esas vecinas que envejecen sin ruido, una maceta de geranios en el balcón, el mantel de cuadros, la misma tasa despostillada para el té. Lo que sí recordaban -porque algunos lo murmuraban cada vez que pasaban frente a su puerta- era al gato negro que dormía en el tapete como un guardián cansado. “Mala fortuna”, decían las viejas del mercado, cruzando los dedos. Lidia sonreía por dentro, ignoraban que la suerte, buena o mala, tiene el tamaño del cariño que uno da.
El gato se llamaba Beppo ella era admiradora de Borges. Había llegado una noche de lluvia, delgado y con una oreja rasgada que lo hacía parecer un pirata. A Lidia le pareció que, más que un gato, era un pedazo de sombra con ojos. Le ofreció un platito con leche, él bebió con dignidad, y se quedó. Ninguno preguntó por el pasado del otro, bastó el presente.
Con los años, Lidia y Beppo aprendieron la rutina del otro como quien memoriza un poema. A las seis, la tetera silbaba; a las seis y cinco, Beppo se erguía para observar el vapor como si fuera el alma de la casa. A las siete, la radio de los recuerdos, boleros, un vals que ella bailó de joven, un corrido que cantaba su hermano. Beppo no maullaba; se sentaba al lado y ponía una pata sobre la pantorrilla de Lidia, anclándola al mundo.
La vejez les fue llegando a dos velocidades parecidas. A Lidia le dolían las muñecas; a Beppo, las caderas. Ella arrastraba un poco los pies; él tardaba más en saltar al sillón. Había días de sol, en que la luz hacía del pelaje de Beppo un río oscuro; y días de nubes, en que la casa entera parecía una fotografía antigua, las fotografías antiguas abundaban en aquella casa. Pero incluso entonces, algo cálido vibraba cuando se miraban. La soledad, a dúo, es menos soledad.
Los vecinos seguían con sus supersticiones. “No dejes que el gato negro cruce por tu puerta, trae enfermedades”, decía una. “A mí se me quemó el pan cuando lo vi”, exageraba otra. Lidia, paciente, guardaba silencio. Sabía que la gente teme lo que no entiende, y tampoco era su misión educar a todo un barrio. Bastaba con saber que, en esa casa, un animal incomprendido y una mujer cansada se sostenían el uno al otro con una ternura inaudible.
Una noche de invierno, Lidia no pudo dormir. El viento golpeaba las persianas como si buscara entrada. Pensó en su madre, en un amor antiguo, en el primer día que tocó a Beppo, tibio y mojado, con las manos temblorosas. Se levantó a poner la tetera y olvidó el fuego encendido. Beppo la siguió con su paso lento. Cuando el agua hirvió, Lidia volvió al sillón con la taza humeante. Beppo saltó -con esfuerzo- y se acurrucó en su regazo. La radio sonaba bajito: “Contigo aprendí…”.
El sueño los venció en la postura de tantos años. En algún punto de la madrugada, la llama baja de la estufa se apagó con un golpe de viento. La casa se llenó de un olor amargo, un murmullo invisible. Beppo despertó primero. Alzó el hocico, olió, y de inmediato saltó del regazo con una agilidad inaudita. Corrió a la cocina, arañó la perilla con desesperación. No podía girarla. Maulló hacia el patio, furioso. Nadie lo oyó.
Volvió con Lidia y le golpeó el antebrazo con la cabeza, una, dos, diez veces. Ella abrió los ojos entre brumas. “¿Qué pasa, Beppo?”, susurró. Él saltó hacia la puerta, regresó, tiró de su capa, volvió a correr. Lidia entendió lo suficiente, algo no estaba bien. Se puso de pie, mareada, y siguió a su guía. Beppo la condujo a la puerta del patio, que daba a un aire helado. Lidia la abrió, y el viento entró como un brazo de río, arrastrando lo denso hacia fuera. Mumo caminó hasta la cocina, se plantó frente a la estufa, la miró, y maulló como si rezara. Lidia cerró la llave.
Se sentaron en el peldaño de la entrada, abrazados al frío. Lidia le besó la cabeza a Beppo. “Nos salvaste”, dijo. Él parpadeó con esa lentitud de los gatos que significa lo que las personas no saben nombrar. El barrio seguía dormido. Dos incomprendidos se cuidaban a solas.
Días después, Lidia enfermó de una gripe larga. Beppo no se apartó. Dormía al pie de la cama, vigilaba la tetera, la radio, la ventana; todo debía seguir como siempre para que el mundo no se deshiciera. Una tarde, Lidia tomó la mano del gato como quien toma un juramento. “Si me toca irme antes, no te asustes -dijo-. Quédate en la casa. Alguien vendrá. Enséñale a querer sin ruido”.
Pasaron semanas. Lidia se recuperó lo justo para volver al sillón del sol. Un domingo, mientras las campanas de la parroquia llamaban a misa, cerró los ojos en el mismo lugar de siempre, con Beppo acurrucado en su falda. Esta vez no soñó. Simplemente descansó, suavemente.
La familia entró cuando el café ya estaba frío. Lloraron en silencio, como debe llorarse a quien vivió con decencia. Alguien señaló al gato. “Habrá que sacarlo”, dijo. Otra voz, más joven, respondió: “No. Él se queda. Aquí fue feliz”.
Desde entonces, Beppo duerme en el mismo tapete, custodia las macetas, asiste a la radio de los jueves, recibe caricias con la elegancia de un rey antiguo. Cuando alguien nuevo entra, lo mira con los ojos encendidos, como midiendo la hondura de su corazón. La calle Magnolia 17 aprendió -al fin- que la mala suerte no existe en las casas donde un gato negro ha amado y ha sido amado.
Héctor Flores


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