HUMANOIDE: EL GATO QUE SABÍA DE AUSENCIAS
Aprendí a reconocer las ausencias por el olor. No huelen a nada en particular, huelen a taza lavada que ya no se usa, a silla que no rechina, a luz que nunca más se quedará encendida por descuido. Uno se cree fuerte, pero no hay músculo que resista la mudanza de la costumbre.
Él llegó la tercera noche, cuando mi casa todavía sonaba a eco. No maulló. No pidió permiso. Se sentó donde ella ponía los libros al acostarse, en la esquina de la cama, con una gravedad antigua en la mirada. Negro y blanco, el lomo como frac que nunca se arruga. Un tuxedo impecable, como si la tristeza también supiera vestirse para la ocasión.
-No te conozco -le dije sin voz.
Él inclinó la cabeza. Y en ese gesto hubo más consuelo que en todas las manos que me estrecharon en el funeral.
Desde entonces, sus visitas fueron ritual y sentencia. Llegaba cuando el silencio se hacía insoportable y se iba cuando ya podía respirar. No hacía trucos. No curaba nada. Solo se acostaba donde el dolor dormía mal. Y entonces, por minutos, el mundo dejaba de doler.
A veces recorría la casa lento, dictador de territorios. Olfateaba la mesa, el florero con flores muertas, el hueco en el armario. Se detenía en el umbral del baño y yo sentía que examinaba la ausencia con una seriedad litúrgica. Luego regresaba a mí, se acomodaba donde el pecho guarda los nombres, y cerraba los ojos. Había algo indecente en su calma, como si supiera una verdad que yo no.
-¿Dónde aprendiste esto? -pregunté una noche.
Él abrió apenas un ojo. Y entendí, los gatos saben de ausencias porque nacen con ellas. Vienen de una puerta entre mundos. Son expertos en lo que se queda cuando alguien se va.
Le hablé de ella. De cómo reía torcido, de cómo arreglaba las cortinas como si enderezara el planeta, de su manía por coleccionar cucharitas de café. Le conté mis culpas más pequeñas -las grandes no me atreví-, mis torpezas, mis ganas de pedir perdón cuando ya no hay nadie que pueda concederlo. Él escuchaba con esa atención feroz de los que no pretenden arreglarte; solo te sostienen.
La gente me dijo que adoptara otro gato. No entendían que este no era mío. Era de aquí. De la casa y su herida. De la grieta que, como ciertas cicatrices, sana.
Un día dejó de venir. Me sorprendí entero de pie, fuerte ante su ausencia. Fue raro. Miré la esquina de la cama y estaba vacía, sí, pero no hostil. No pesaba. El espacio había recuperado su estado natural, posibilidad.
Aquella tarde fui al parque con el libro favorito de ella y leí como quien hace pan con las manos, lento, agradecido. Al volver, encontré un pelo blanco en la almohada. Y supe que el gato me había graduado del duelo. Que había hecho de mí un santuario autónomo.
Los gatos no resucitan a nadie. Te devuelven, con elegancia, la capacidad de sostener lo que queda. Eso hizo el mío, me enseñó a habitar la ausencia sin confundirla con vacío.
Desde entonces, cuando una habitación huele a taza lavada que ya no se usa, a silla que no rechina, a luz que nadie olvidará prendida, cierro los ojos y espero. A veces siento un peso leve en el pecho, una respiración mínima que me acompaña. No es ella. No es él. Es la forma perfecta de no estar solo.
Héctor Flores

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