HUMANOIDE

EL GATO QUE ROBABA RELOJES
No todos los ladrones llevan antifaz ni esconden su botín en escondites misteriosos. Algunos tienen bigotes finos, ojos que parecen faroles encendidos y un andar tan silencioso que uno duda si caminan o flotan.
En mi infancia hubo un ladrón de esa clase. No robaba oro ni joyas, tampoco billetes ni doblones antiguos de piratas. Robaba relojes. Y lo hacía con una destreza tan insólita que nadie en el barrio podía explicarse cómo un gato callejero había logrado dominar el arte de detener el tiempo con sus patas.
Yo lo conocí en el tejado de mi abuela. Apareció una tarde de verano, justo cuando el calor doblaba las sombras y el viento apenas era un murmullo. Lo vi allí, parado como estatua egipcia, con un reloj de pulsera entre los dientes como si se tratara de un trofeo. Los vecinos lo llamaban “bandido”, “ratero” o “maldito gato”. Yo, en cambio, lo bauticé en secreto como El Gato del Tiempo.
Con el paso de los días descubrí su ritual. Subía por las ramas del viejo pirul que daba contra el balcón, recorría las azoteas con la agilidad de un equilibrista y se deslizaba hasta las ventanas abiertas. Nunca se llevaba comida, nunca tocaba un juguete ni un zapato. Solo relojes. De pulsera, de bolsillo, despertadores olvidados en las mesas de noche. Los atrapaba con sus dientes y salía disparado, dejando tras de sí un silencio raro, como si de pronto el tiempo mismo se hubiera detenido en la casa saqueada.
Al principio nadie me creía. Los adultos pensaban que exageraba, que eran inventos de mi imaginación. Pero yo lo seguí. Descubrí su escondite bajo las tejas rotas del techo de mi abuela, un pequeño cementerio de relojes que brillaban con la luz dorada del atardecer. Algunos seguían latiendo, con sus manecillas moviéndose tercas; otros habían muerto, inmóviles, con la hora congelada en el instante exacto de su robo.
Nunca olvidaré la primera vez que lo vi descansar junto a ese tesoro. Estaba recostado, con las patas delanteras cruzadas y los relojes alineados frente a él, como si fueran peces recién pescados. Los observaba en silencio, con una solemnidad extraña, casi sacerdotal. Yo, escondido detrás de una chimenea, sentí que aquel gato no robaba por hambre ni por travesura, robaba para enseñar algo.
Con el tiempo empecé a entenderlo. Cuando el gato me permitía acercarme, porque nunca me corrió, solo me observaba, yo escuchaba el tic-tac de los relojes mezclado con el ronroneo de su pecho. Tic-tac, ron-ron. Tic-tac, ron-ron. Era como si el animal tratara de recordarme que el tiempo y la calma podían convivir, que no había prisa para todo, que cada minuto podía sostenerse como una piedra preciosa si uno sabía mirarlo bien.
Los vecinos, claro, seguían molestos. Una señora juraba que el gato le había robado el reloj que su esposo le regaló cuando eran novios. Otro se quejaba porque ya llevaba tres despertadores menos y llegaba tarde al trabajo. Hubo incluso quien quiso atraparlo con trampas, pero nunca lo lograron. El gato parecía tener pacto con los relojes, sabía detenerlos justo en el segundo necesario para escapar.
Con los años, aquel ladrón peludo desapareció. Algunos dicen que murió de viejo en algún rincón del barrio; otros creen que se fue a otra ciudad a seguir robando minutos ajenos. Yo prefiero pensar que simplemente se disolvió en el tiempo, como hacen los verdaderos guardianes de los secretos.
Hoy, ya adulto, guardo en un cajón el único reloj que logré rescatar de su guarida. Está detenido a las 4:13, la hora exacta en que lo encontré por última vez. Cuando lo tomo entre mis manos, escucho todavía su ronroneo mezclado con el eco del tic-tac. Y entonces recuerdo que la vida, como los relojes robados por aquel gato, no se mide en horas, sino en los momentos en que aprendimos a detenernos, a mirar y a escuchar.
Porque al final, aquel ladrón de relojes me enseñó lo único que un niño debía comprender y un adulto nunca debía olvidar:
Que el tiempo no es para contar, sino para vivirlo.
Y que el tiempo puede ser visto como una ganancia y no como una pérdida.
Siempre y otra vez… con ojos de gato.
Héctor Flores


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