HUMANOIDE

EL GATO QUE APARECÍA CON LA VERDAD
CUENTOS CON OJOS DE GATO
En mi pueblo todos sabíamos mentir con una prestancia que daba orgullo. No era maldad, era costumbre. Un modo de evitar el conflicto, de maquillar la pobreza, de decir “estoy bien” cuando lo que uno quería era acostarse en el suelo y pedir tregua. Las verdades se guardaban como las cobijas buenas, para recibir visita, nunca para dormir solo.
El gato apareció una tarde sin alardes, blanco entero, con un pequeño manchón gris en el lomo como si el cielo le hubiera dejado una nube de repuesto. Se sentó en el borde de la fuente y cerró los ojos con una dignidad que no invitaba a las caricias. Nadie le dio nombre; no hizo falta. Cuando un vecino dijo, mirando al cielo: “hoy sí va a llover”, el gato ni se movió. Cuando otro prometió pagar “mañana sin falta”, bostezó. Y cuando la señora del puesto aseguró que “no está caro, joven, es regalo”, el gato se fue.
Pero a las siete de la tarde, cuando la maestra Alma murmuró, apenas para sí, “me cansé de esperar a quien no vuelve”, el gato abrió los ojos y se le acercó. Nadie lo había visto caminar tan suave. Se le puso a un lado y apoyó la frente en su pierna. La maestra lloró sin hacer ruido. El gato se quedó hasta que dejó de temblar. Después, como si hubiera cumplido con su turno, volvió a la fuente.
Desde entonces entendimos, ese gato solo aparecía cuando alguien decía la verdad. No la verdad apantallante, no la que exige aplausos; la otra, la que cuesta decir en voz baja. El pueblo se volvió una ruleta rara, cada frase era una posibilidad de milagro. Mis vecinos empezaron a medir sus palabras con pudor de misa. Las bromas fáciles perdieron público. El gato nos había puesto una condición; si queríamos su presencia, primero debíamos hablar claro.
Yo, en cambio, seguí mintiendo. Veinte años de hábito no se entregan en seco. Mi mentira favorita llevaba nombre propio y empezaba por las mañanas; “no me pasa nada”. Vivía en una casa ordenada donde cada objeto tapaba un recuerdo. Decía “no te preocupes” cuando estaba lleno de agujeros, “ya veremos” cuando sabía que no, “sí puedo” cuando el cuerpo pedía tregua. Mi trabajo era vender cosas: aprendí a envolver medias verdades con listones lindos. La gente me decía “qué bien hablas”; yo respondía “es oficio”, y era verdad y también una coartada.
Vi al gato acompañar confesiones pequeñas durante semanas. Lo vi sentarse al lado de un adolescente que dijo “tengo miedo de parecerme a mi padre”; al de una mujer que murmuró “me quiero ir, pero no de ti, de esta vida”; al de un viejo que admitió “perdí el perdón por cansancio”. A mí no me miró jamás. Yo no lo merecía. Mi voz seguía afinada para la excusa.
Una noche, en el bar sin nombre de la esquina, escuché a mi hermano reír con una risa que yo conozco desde niño, es la risa que usa cuando quiere que no se note que le duele. Teníamos meses sin hablarnos. Yo había masticado durante años el rencor con la disciplina de un monje, a la misma hora, en el mismo lugar, con el mismo argumento. “El culpable es él”, me repetía con la fe del mismo monge. Pedí otra cerveza para tener ocupadas las manos. El gato, desde la puerta, me miró un segundo y se fue.
Entendí el mensaje; todavía no.
La verdad está donde molesta. La mía vivía en un cajón con fotografías que nunca colgué. Una tarde de calor seco lo abrí como quien desentierra una caja. Saqué la imagen donde teníamos veinte y algo mi hermano y yo con la misma camiseta de deporte, el mismo gesto de “nos va a ir bien”. Cuánta arrogancia inocente cabe en una foto. La apreté con los dedos como si quisiera exprimirle una salida. No salió nada.
Esa noche soñé al gato sentado en la cabecera de mi cama, observándome con un cansancio respetuoso. Desperté con una urgencia inútil: decir algo que no supe decir.
Al día siguiente pasé por la plaza. El gato estaba en la fuente, dormitando. Me acerqué y dije, sin pensar, “no sé quién soy sin mis excusas”. El gato abrió un ojo, se levantó, caminó hacia mí y se detuvo a un palmo. No me tocó. Se quedó. Era una aprobación mínima, pero la sentí como si me hubieran dado agua después de un desierto lento.
Las verdades, cuando arrancan, piden un gran espacio. Empecé con una práctica torpe, en la tienda, si algo estaba caro, decía “está caro”. Si estaba cansado, decía “no puedo hoy”. Si un cliente intentaba regatear con el cuento de que “no traigo más”, respondía “lo entiendo, yo tampoco”. No se cayó el mundo. Cambió de tono. La gente me miraba con una extrañeza amable, como si reconociera a alguien que ya no se disfraza.
El derrumbe llegó en forma de fiesta. Cumpleaños de mi abuelo, cocina llena, música vieja, primos que se multiplican, risas, ese talento que tiene la familia para hablar de todo menos de lo que vale. Mi abuelo me sujetó la cara con las dos manos, esa caricia que no pide permiso desde que soy niño, y dijo: “¿ya te perdonaste?”. Quise contestar con un chiste, pero se me atoraron los años en la garganta. Salí al patio con la excusa antigua del aire.
El gato estaba sobre la barda, delgado como un pensamiento. Me miró sin prisa.
—No supe cuidar —dije.
El aire se quedó quieto.
—No supe cuidar mi persona cuando se empezó a deshacer por dentro. Yo estaba ocupado en tener razón. No supe estar, carajo. Me fui a tiempo de todas partes, menos de mi.
Ahí lo dije. Corto, sin adorno, como la única frase que faltaba en un expediente legal. El gato saltó de la barda y se rozó en mi pierna. Fue la primera vez que me tocó. Sentí una vergüenza limpia y un dolor con apellido. Mi abuelo apareció en la puerta, a mí no me importó que mi abuelo hubiera partido de esta tierra hace tantos años, siempre estaba pendiente de mí; me vio con las manos en los ojos y no vino a rescatarme; me dejó romperme. Esa complicidad también es verdad.
Desde aquella noche, el gato empezó a buscarme. Se sentaba en la banqueta de la tienda cuando yo levantaba la cortina. Entraba sin revisar si había alguien que llegara hablando de más. Se quedaba si una mujer decía “no sé cómo seguir, pero sigo”, o si un hombre admitía “me aterra no ser suficiente”. Y si yo empezaba a edulcorar las cosas, a envolverlas para regalo, me clavaba esos ojos de porcelana y me quitaba la cinta de un zarpazo silencioso.
—¿Por qué a veces sí y a veces no? —le pregunté una tarde tonta.
No contestó, claro. Se fue a dormir donde pegan los rayos del sol que ya se quieren ir. Aprendí, aparece cuando la verdad aparece; se va cuando ya no lo necesita.
Una madrugada, mi hermano tocó a mi puerta. El sonido era distinto, no era golpe, era llamado. Abrí sin luces. Tenía los ojos desvelados y la voz de niño.
—No puedo más —dijo.
—Pasa —dije.
Nos sentamos en el piso, apoyados en la pared como dos soldados cancelando la guerra por agotamiento. El gato se colocó entre nosotros, pero no en el centro, del lado de mi hermano. Supe leer el mapa; ahora el que debía hablar era él.
—Te sostuve el rencor para no sostener mi culpa —dijo—. Me equivoqué. Te dejé solo con todo, con la carga, con la tienda, con la casa. Siempre dije que venía, pero no vine. No me perdones ahorita. Nomás… nomás no te vayas.
El gato se durmió. Bastaba. No abrazamos. No hacía falta. Estar es un verbo completo.
Ahora el pueblo habla de otra forma. Nadie se volvió santo ni mártir. Seguimos exagerando la pesca y fingiendo que no nos duele el precio del gas. Pero en la plaza, en las esquinas, en las cocinas, han empezado a escucharse verdades cortas repartidas como pan del día, “me equivoqué”, “no pude”, “ya no quiero”, “sí te quiero”, “me cansé”, “necesito ayuda”. Cada vez que una de esas frases suena, el gato aparece. Se sienta, acompaña, aprueba. Después se va. Lo justo.
No sé cuánto tiempo nos dure la valentía. Las costumbres son tenaces. Sé algo, en cambio, cada verdad dicha deja un banco tibio. Al sentarte, sientes que alguien estuvo ahí, que ese lugar te sostiene. El gato, con su cuerpo pequeño y su oficio vivo, va poniéndole temperatura a nuestras bancas.
Lo vi hoy temprano dormido en la sombra de la fuente. Fui, me senté a su lado y, sin nadie adelante, dije en voz muy baja, “no sé qué va a ser de mí, pero ya no me quiero esconder de la verdad, de todas las verdades”. El gato, sin abrir los ojos, movió la cola y me rozó el tobillo. Ese roce era una firma.
Me levanté, abrí la tienda, subí la cortina. La luz entró con el polvo y la mañana se acomodó en los estantes. Mi hermano llegó con pan caliente. Mi mujer, con su frase de siempre, “ya desayunaron”. Yo, con una verdad nueva que todavía no sabe caminar, pero ya respira.
El gato se quedó un rato más, por si hacía falta.
Luego cruzó la calle y se perdió despacio.
La verdad, cuando aparece, no habla.
Y a veces qué lujo, tiene forma de gato blanco con una nube en el lomo.
Héctor Flores


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