HUMANOIDE: EL GATO DE DIOS

CUENTOS CON OJOS DE GATO
Si Dios tuviera un gato, su nombre sería Luxaris. No un nombre común, ni humano, ni siquiera de ángel; un nombre que sonaría como un suspiro de viento atravesando el espacio y el todo. Luxaris recorrería el cielo entero, y su única ley sería la diversión y comer.
Si Dios tuviera un gato, jugaría con él en las nubes, saltaría de galaxia en galaxia, y lanzaría rayos de luz que Luxaris atraparía al vuelo, girándolos y devolviéndolos como pelotas de estambre estelar. Saltaría sobre planetas, los haría girar suavemente, y Dios reiría con un placer que llenaría el firmamento.
Si Dios tuviera un gato, Luxaris escondería fragmentos tiempo entre las estrellas y empujaría los asteroides como piezas de un juego, solo para que Dios los buscara con paciencia, fingiendo enojo mientras que su risa estallaría como auroras boreales. Cambiaría la dirección de las lluvias, movería la luz de la luna, y las sombras de los árboles bailarían bajo su golpecillo invisible, dejando la Tierra como una gran bola azul de hilos y plumas.
Si Dios tuviera un gato, Luxaris se echaría sobre nubes pequeñas, acostándose en la luz de un sol que él mismo habría perseguido de vez en cuando. Sus ojos observarían la tierra, y los humanos sentiríamos un escalofrío de inspiración sin comprender por qué, porque la mirada de Luxaris pasaría sobre escritores insomnes y poetas distraídos, dejando apenas un parpadeo de atención que despertaría ideas imposibles de explicar y de escribir.
Si Dios tuviera un gato, jugaría con él, lanzando pequeñas lunas como juguetes, dejando que Luxaris los persiguiera y los atrapara con precisión infinita. Se sentaría a su lado, acariciaría suavemente sus movimientos invisibles y dejaría que su risa se mezclara con el ronroneo profundo del gato, convirtiendo el cielo en un juego secreto, un goce invisible y eterno.
Si Dios tuviera un gato, Luxaris saltaría sobre las constelaciones, desordenando estrellas, haciendo figuras imposibles que los astrónomos de la Tierra intentarían descifrar sin éxito. Haría travesuras silenciosas, movería la luz de los amaneceres, giraría meteoritos, y dejaría que la humanidad creyera que el caos era accidental. Dios se llenaría de amor gatuno y alegría al ver la libertad absoluta de su gato, y el cielo entero vibraría con esa complicidad silenciosa.
Si Dios tuviera un gato, Luxaris dormirá finalmente sobre una nube, dejando que la eternidad respire y se calme, mientras Dios sonríe desde su trono de luz, satisfecho y lleno de ternura. La risa de ambos resonará en el espacio como un secreto compartido, un juego eterno que solo ellos comprenderán.
Si Dios tuviera un gato, el mundo nunca sería aburrido. Luxaris será la prueba de que incluso la eternidad se juega con paciencia, humor y amor, y que un felino, aunque aparentemente pequeño, puede llenar de magia un universo entero.
Héctor Flores


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