HUMANOIDE
Aurora había aprendido a vivir entre reliquias. La casa estaba llena de recuerdos, fotografías enmarcadas, floreros que continuamente olvidaba regar, cortinas con olor a polvo y un reloj que hacía años no funcionaba pero que seguía colgado en la pared “porque perteneció a mi padre”. Desde que enviudó, cada objeto parecía una lápida doméstica.
Una tarde, llegó a su puerta un gato naranja. Tenía la mirada encendida, la cola como látigo y la energía de un incendio. No pidió permiso, entró como si siempre hubiera vivido allí. Aurora, demasiado cansada para echarlo, dejó que explorara. Al primer día tiró un jarrón de porcelana. Al segundo, derribó el retrato del matrimonio en la sala. Al tercero, abrió de un salto la caja donde Clara guardaba cartas viejas y las esparció por el piso como hojas de otoño.
- ¡Eres un desastre! -gritaba ella, recogiendo los pedazos. Pero el gato, indiferente, ronroneaba como si celebrara su obra.
Poco a poco, Aurora notó algo extraño; cada cosa que el gato rompía era, en realidad, algo que la mantenía atrapada. El jarrón, lleno de flores secas de un funeral. El retrato, donde la sonrisa de su difunto marido parecía acusarla de seguir viva. Las cartas, que dolían más cada vez que las releía. El gato no destruía al azar, atacaba la melancolía, pieza por pieza, hasta dejarla sin jaulas.
Un día, saltó sobre el viejo reloj. El golpe lo arrancó de la pared y lo partió en dos. Aurora, furiosa, estuvo a punto de echar al animal. Pero cuando levantó el reloj, vio el polvo acumulado, los engranes oxidados, la aguja clavada en una hora que ya no existía. Entonces comprendió, aquel gato no era destructor, era liberador.
Comenzó a llamarlo fuego, porque su pelaje iluminaba rincones donde solo había sombras. Fuego, seguía causando estragos, derribaba manteles, abría ventanas, se colaba en los armarios. Y sin querer -o queriendo- (como el chavo de otra historia) obligaba a Aurora a limpiar, mover, deshacerse de lo viejo. Cada desastre era, en realidad, un comienzo.
Los vecinos se burlaban: “Ese gato es un demonio, te va a volver loca”. Pero Aurora, por primera vez en años, se reía al escucharlos. Porque la locura de fuego era la única medicina que la había sacado de su encierro.
Una mañana, mientras barría los restos de otro florero caído, Aurora se miró en el espejo y no se reconoció, estaba sonriendo. El gato trepó a su hombro, la cola enredada en su cuello como una bufanda viva, y en sus ojos había un brillo que decía: “Misión cumplida”.
Aurora entendió, al fin, que la vida no estaba en las reliquias intactas, sino en lo que aún podía romperse y rehacerse.
Desde entonces, cada vez que algo caía al suelo, no lo llamaba accidente, lo llamaba reinicio, con ojos de gato.

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