HUMANOIDE

EL FELINO DE LA SALA DE JUGUETES
CUENTOS CON OJOS DE GATO
El hospital de niños de la ciudad en medio del desierto, tenía paredes de colores que intentaban ocultar el olor a desinfectante y a miedo. En el segundo piso, al final del pasillo que brillaba demasiado, la sala de juguetes abría a la una y cerraba a las seis. Antes de la una, siempre había un gato blanco esperando en la puerta, con un collar rojo sin placa. Nadie sabía de dónde salía. Nadie se atrevía a echarlo.
Las enfermeras le decían “Doctor” por su blanca bata inmaculada. Los doctores humanos fingían no verlo, aunque alguno dejara caer una croqueta en la esquina. Los niños lo miraban como se mira una respuesta. A veces, el gato no entraba. A veces, se metía a las dos, y se quedaba toda la tarde. Nadie encontró el patrón. Hasta que Samanta -ocho años, leucemia, dibujos de soles con pestañas- comenzó a llevar un cuaderno de guardias felinas, dibujaba un gato si lo veía en su cama por la mañana, dos si lo encontraba en la sala, tres si, al volver de quimio, él estaba sentado en su almohada.
Al revisar el cuaderno, una residente se quedó helada. Los días de tres gatos coincidían con buenas noticias. A veces, con despedidas. Porque el gato no solo presagiaba altas, también aparecía, manso y puntal, cuando la medicina ya no podía prometer más. Entonces se subía a la cama, se acurrucaba junto al niño y ronroneaba hasta que el dolor perdía filo. No era milagro. Era compañía perfecta.
Un mediodía, llegó al piso un niño nuevo, Martín, con un dinosaurio de plástico en la mano y un padre con los ojos rojos. El gato se acercó, olió el dinosaurio y lo empujó con la nariz, como probando su peso. Martín no sonrió. Le faltaba saliva para eso. En la tarde, en la sala de juguetes, el gato se echó junto a él frente a un rompecabezas con cielo enorme y barquito en medio. Entre los dos -niño y felino- fueron ubicando piezas como si supieran el dibujo sin mirar la foto en la tapa de la caja. La enfermera jefa, al pasar, pensó que había un tipo de medicina que ignoraban; la que opera donde nadie puede ver.
Esa noche, el gato se metió a la habitación de Samanta y se subió a la cabecera de la cama. La madre de la niña, que no creía en señales, pero sí en ternuras reales, le dijo gracias sin pronunciar la palabra. Samanta durmió con una paz que no visitaba hacía semanas. Al amanecer, el gato ya estaba en la puerta de la sala de juguetes, esperando la hora en que el mundo se hace de plástico para no doler tanto.
Los de mantenimiento enojaron: “Prohibido animales”, rotularon. Pegaron carteles. El gato no leyó ninguno y siguió su ronda. Una mañana, el director del hospital lo vio dormido entre bloques de madera. Entró dispuesto a sacarlo, pero se quedó parado, sin saber por qué, a escucharlo ronronear. Le recordó a su madre cantando, cuando él era niño y el miedo tenía nombre de fiebre. No lo echó. Levantó los carteles esa misma semana.
Los meses pasaron entre altas, recaídas, cumpleaños con gelatina y velas de cumpleaños. Samanta mejoró. Martín tuvo semanas oscuras y otras con dinosaurios enormes. El gato aprendió a abrir con la pata la puerta de la sala; nadie le enseñó. A veces, elegía una cama y dejaba su cabeza donde el suero hacía espacio. Otras, se acostaba en el regazo de la abuela de alguien, como si supiera que ese regazo necesitaba más alivio que el propio niño.
Una noche llovió como si la ciudad se vaciara. Se fue la luz. Las máquinas parpadearon miedo. El gato se paró, caminó hacia la ventana y saltó a la cornisa de la sala de juguetes. Los rayos dibujaban sombras de castillos en la pared. Los niños, despiertos, quisieron llorar todos al mismo tiempo. El gato soltó un maullido grave, más profundo que su tamaño, y se acomodó en el centro del cuarto. Los más pequeños se acercaron en fila, como obedeciendo un plan antiguo. Lo tocaron. Ninguno lloró. Cuando volvió la luz, la enfermera más joven se encontró a sí misma con una serenidad que no conocía. “Esto también cura”, dijo, y nadie se rió.
Al cabo de un año, Samanta tocó la campana de alta. Martín también, meses después, con el dinosaurio en alto. El gato no acudió a esas ceremonias; tenía otras guardias. Apareció, en cambio, en noches como agujeros, y en mañanas de noticias dulces. No faltó cuando el hospital necesitó despedir a alguien muy querido. Se sentó a los pies de la cama, cerró los ojos y ronroneó hasta que el dolor supo que debía bajar la voz.
No tiene placa ni dueño. Hay quien dice que es fantasía colectiva, una manera del hospital de inventarse un ángel. Quienes lo han sentido saben que no, no es invento. Es esa forma de cariño que solo puede traer un gato, la que no promete ni explica, la que se sienta y se queda, la que vuelve a poner al mundo en un tamaño habitable.
Héctor Flores


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