HUMANOIDE
En el barrio viejo había un solar que alguna vez fue cine al aire libre. Los muros ajados por el tiempo todavía mostraban carteles con héroes de sombrero y damas de labios rojos. El proyector estaba muerto, cubierto de óxido y telarañas. Pero cada noche de verano, un gato atigrado se sentaba frente a la pantalla blanca y la miraba fijo.
Los vecinos, intrigados, comenzaron a acercarse. Se sentaban en sillas plegables oxidadas, acompañando al gato en su vigilia. Al cabo de unos minutos, la pantalla vibraba. No era película, no eran imágenes nítidas, eran sombras chinescas en movimiento, recuerdos sin forma definida. Cada espectador veía una película distinta. Unos veían a sus padres bailando en un carnaval; otros, a un amor perdido en una playa. Nadie discutía lo que veía, sabían que el cine proyectaba la memoria.
El gato no parpadeaba. Era el único espectador fiel, el que sostenía la proyección con sus ojos abiertos. Cuando él se levantaba y se iba, la pantalla quedaba en silencio. El barrio aprendió a seguirlo, si el gato se quedaba mucho rato, era porque alguien necesitaba recordar más. Si se iba pronto, la nostalgia ya había hecho su trabajo.
Hoy, el solar es estacionamiento. Pero algunos vecinos aún vuelven en verano. Se sientan frente al muro y esperan. A veces, entre los autos, ven una cola rayada desaparecer. Y si cierran los ojos, escuchan aplausos, maullidos, y sienten que su vida fue una película que alguien cuidó para que no se borrara.

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