HUMANOIDE: CUENTOS CON OJOS DE GATO.

EL PIANO DESAFINADO
El teatro municipal cerró sus puertas el otoño en que los brotes de humedad se instalaron en la cúpula como constelaciones enfermas. En el escenario quedó un piano vertical, negro, con el barniz cuarteado y los pedales dorados como dientes viejos. Lo habían donado las monjas del convento de Santa Clara cuando todavía había recitales de fin de curso. Ahora estaba desafinado y solo.
Miguel, afinador retirado, vivía con la calma de sus años; pasaba cada semana a revisar que la lluvia no se colara por el alma del telón. Lo hacía por fidelidad a un oficio que ya no necesitaba del todo. Su esposa había muerto y él había descubierto que el silencio puede ser un animal hostil si no se conoce, mejor distraerlo con tareas pequeñas. Abría puertas, limpiaba polvo, acariciaba teclas como quien saluda.
Una tarde de viento seco, encontró a un gato gris sobre el teclado. Tenía el lomo rayado y una mancha blanca en forma de nota musical junto a la nariz. No huyó cuando Miguel se acercó. Al contrario, caminó con la parsimonia de un maestro de ceremonias y pisó una tecla. La nota salió desafinada, turbia. El gato ladeó la cabeza, como evaluando el daño, y volvió a pisar otra. Turbia. Probó una tercera. Falsa también. Se sentó, molesto. Miguel rio por primera vez en semanas.
Volvió al día siguiente con su llave inglesa, sus diapasones y un metro de paciencia. Se sentó en el banco y elevó la tapa. “A ver, maestro, muéstrame dónde te duele”, dijo en voz baja. El gato respondió tocando una secuencia absurda de teclas, como si estuviera dictando un diagnóstico por sílabas. Miguel, entre divertido y atento, empezó a tensar y destensar cuerdas. El sonido, primero áspero, fue redondeándose.
Los días siguientes se volvió costumbre, el gato llegaba a la misma hora, caminaba por el teclado marcando con precisión las notas enfermas, y Miguel trabajaba sobre ellas. Cuando él acertaba, el gato se acostaba sobre los graves y ronroneaba profundo, afinando con su cuerpo los medios tonos. Cuando erraba, el gato le ofrecía una mirada impasible y se iba a la mitad del escenario, como exigiendo que el trabajo se hiciera bien. Miguel, terco por naturaleza, aceptó al nuevo jefe.
Una noche, Miguel trajo a escondidas una partitura vieja, un vals que había compuesto para su esposa en los años en que todavía creían que todo era para siempre. Se sentó, respiró, puso los dedos en el teclado con manos de jardinero que pide permiso antes de cortar una flor. Al tocar el primer acorde, una tecla protestó con un lamento torcido. Miguel paró. El gato saltó, tocó con la pata esa tecla y lo miró de frente. Parecía decirle “Todavía no”.
Esa semana, Miguel trabajó solo esa cuerda. Fue al mercado, buscó piezas que no se fabricaban, inventó ajustes, reacomodó fieltros. El gato lo acompañó como un ayudante sin manos. Cuando, por fin, el La respondió con un brillo limpio, el gato cerró los ojos satisfecho.
Al domingo siguiente, Miguel volvió a abrir la partitura. Esta vez, el primer acorde salió redondo. El gato caminó sobre el teclado y tocó, sin pretenderlo, una melodía reconocible; no era el vals de Miguel, era una canción de cuna. El anciano sintió en la lengua el gusto a té de limón y galletas de mantequilla. Vio por un segundo, como una bruma, a su esposa peinándose en el baño, tarareando esa misma melodía. Miró el vientre abultado bajo su ropa, listo para la bienvenida. No se rompió. Se sostuvo con un hilo hecho de notas y de memoria.
El rumor del “piano que vuelve a sonar” llegó a los oídos de los vecinos. Una noche de sábado, sin anunciarse, un puñado de gente se sentó en las butacas en penumbra, con abrigos y bufandas. Miguel no los escuchó entrar. Ejecutaba armonías en completa ensoñación. El gato lo interrumpió con un salto y se instaló en la banca, pegado a su muslo. Los espectadores contuvieron el aire. Miguel, que no era vanidoso, sintió una chispa de pudor y otra de felicidad. Abrió la partitura del vals, miró al gato, y este le devolvió un parpadeo lento, el sí más rotundo del mundo animal.
El primer compás fue tímido; el segundo, convincente; el tercero, inevitable. El piano, afinado a pulso y cariño, devolvió una música que no era virtuosa ni brillante, era música que sabe encontrar la respiración de los presentes. Un bebé dejó de llorar. Un adolescente apoyó la cabeza en el hombro de su abuela. Un hombre que iba a irse se quedó.
El gato marcaba el tempo con la cola. Cuando un grave se iba un centímetro hacia lo oscuro, lo tocaba con la uña, corrigiendo. Al final del vals, Miguel no levantó las manos; las dejó descansando sobre el mar tibio de teclas. Nadie aplaudió. No hacía falta. El teatro entendió que los aplausos son para cuando queremos decirle al mundo algo en voz alta. Esta vez, el mundo estaba en un silencio de sueño musical.
A partir de entonces, la gente empezó a traer cosas, velas, flores, una lámpara, un paño para cubrir el piano de noche. Un luthier joven se ofreció a cambiar cuerdas sin cobrar; una violinista dejó su estuche un martes y tocó a dúo con Miguel una melodía que todos conocían. El gato, meticuloso, aprobó o desaprobó con silencios y parpadeos. El teatro se volvió una sala de terapia sin nombre, cada quien dejaba ahí, entre maderas flojas en el piso y butacas, su pedazo de día que no sabían dónde colocar.
Llegó el momento de abrir oficialmente. El director de cultura, que tenía la sonrisa formada por diplomas, quiso organizar un concierto inaugural con cartel y protocolo. Miguel aceptó, con una condición; que el gato se sentara donde quisiera. El director se rio, pero el día del evento, cuando el animal subió al escenario y se acostó sobre el teclado mientras el alcalde pronunciaba un discurso interminable, entendió que allí mandaban otras reglas. La gente esperó sin mal humor. Cuando por fin sonó el primer acorde -un Re impecable, el gato ronroneó a cuatro patas y el teatro soltó una expresión de asombro al unísono.
Tiempo después, Miguel enfermó. No fue un final dramático, el cuerpo decidió a otra velocidad. Una noche, llegó al teatro con abrigo y bufanda, se sentó, apoyó las manos sobre el piano y no tocó. El gato saltó al banco, apoyó la cabeza en su muslo y cerró los ojos. La sala se llenó de esa música que no viene de teclas, el ronroneo, perfecto, la primera nota inventada por el mundo. Miguel sonrió y dijo una palabra que nadie entendió porque la dijo hacia adentro.
Desde entonces, el piano suena a ciertas horas y a otras no. A veces, de madrugada, como si un gato caminara sobre las teclas invisibles de su memoria. Nadie ha vuelto a desafinar el piano de Miguel y el gato gris, se mantiene justo, como un milagro que suena cuando se le antoja.
Héctor Flores


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