HUMANOIDE CUENTOS CON OJOS DE GATO : LA SOMBRA LUMINOSA

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Nadie quería caminar de noche por el viejo barrio de Santiaguito.
Las calles eran angostas, las farolas en la calle apenas parpadeaban, y siempre había algún rumor de que entre las sombras rondaba un gato negro que, según decían los vecinos, “daba mala suerte”.
El gato era tan negro, que la noche misma creía que podía ser su madre, delgado y silencioso, había aprendido a escuchar cómo las ventanas se cerraban cuando él pasaba, cómo los niños eran jalados de la mano por sus madres, y cómo los ancianos hacían cruces en el aire al verlo.
Le llamaban de mil formas crueles: Mal Agüero, Tinieblas, Mala suerte.
Nadie quiso nunca darle un nombre de verdad.
Pero lo que nadie sabía, es que aquel gato negro tenía un secreto, su sombra no se quedaba quieta.
Mientras él caminaba por el empedrado, su sombra parecía alargarse y curvarse como una manta suave que se desplegaba en el suelo. Y esa sombra, en vez de dar miedo, marcaba siempre el camino más seguro.
Los que por accidente lo habían seguido, descubrían que evitaban charcos, piedras filosas, incluso agujeros ocultos en la calle.
Pero, claro, nadie quería reconocerlo. ¿Quién admitiría que el “gato maldito” era en realidad un guía nocturno? Un faro de luz color negro.
Una noche de tormenta despiadada, el río que bordeaba el barrio se desbordó.
Las familias corrían sin rumbo buscando refugio.
Las farolas se apagaron y el agua comenzó a subir con violencia por las calles.
Entonces, entre el estruendo, alguien lo vio, dos ojos amarillos intensos como una chispa en medio de la bruma, brillaban dos faros en la oscuridad.
Era el gato negro.
Se plantó en la esquina principal y comenzó a caminar, lento, seguro, como si supiera exactamente hacia dónde ir.
Los niños fueron los primeros en seguirlo. Después, algunos adultos, temblando, se dejaron guiar.
La sombra del gato se estiraba en el suelo como un sendero firme, y cada paso que marcaba era tierra segura, lejos del agua que arrastraba maderas y piedras.
Toda una hilera de vecinos lo siguió hasta que llegaron a lo alto de la colina, donde la vieja iglesia de Santo Santiago mantenía sus puertas abiertas.
Allí, mojados y asustados, los habitantes del barrio comprendieron lo ocurrido, el gato negro había salvado sus vidas.
Desde aquella noche, ya nadie lo llamó Mal Agüero.
Los niños comenzaron a acariciarlo, los ancianos lo esperaban en los portales, y las familias le dejaron platos de comida tibia.
Pero lo más bello fue que al fin le dieron un nombre digno lo llamaron Luz de Sombra.
Porque entendieron que no siempre la luz se encuentra en lo blanco ni en lo brillante; a veces, la luz camina disfrazada de sombra, y solo los corazones valientes saben reconocerla.
Y desde entonces, cada vez que alguien se pierde en el barrio, basta con esperar que Luz de Sombra aparezca; su sombra nunca falla en mostrar el camino correcto.
Héctor Flores


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