HUMANOIDE

CUENTOS CON OJOS DE GATO
EL VIEJO GATO DE H
El departamento era un cementerio de borradores. Hojas arrugadas, tachaduras de tinta, una vieja máquina de escribir con cinta que olía a cansancio. H. cincuenta y cuatro, sobreviviente de tres novelas inéditas y un poemario que solo leyó algún amigo, había aprendido a desconfiar de cualquier frase que saliera de sus manos. Escribía, leía, arrugaba. El cesto parecía un campo de nieve sucia. También su ánimo.
Una noche, dejó la ventana entreabierta para vivir un poco más. Entró un gato blanco y negro, viejo, con manchas de tiempo en el lomo, ojos como antiguas monedas. Se subió a la mesa y, sin pedir permiso, se paró sobre la hoja donde peleaba con la inspiración. El hombre alzó la ceja, estiró la mano para apartarlo y el gato, con un gesto mínimo, empujó una tecla: la “a”. El golpe fue leve, pero suficiente para que la palabra “nunc” se volviera “nunca”. La frase, mágicamente, cerró el moribundo párrafo.
H. rio con pudor. “Gracias gato”, dijo, como un niño sorprendido con un dulce. Siguió escribiendo. Cada vez que dudaba, el gato golpeaba otra tecla. No lo hacía al azar. Quitaba adverbios, desplazaba verbos, evitaba adjetivos que olían a dolor y nostalgia. Cuando el escritor caía en una frase bonita pero hueca, el gato se ponía de pie y la rasgaba con sus pequeñas garras, dejando una marca de patas que lo obligaba a reescribir. Pronto, el cesto comenzó a tragar menos papel.
El gato no comía sobras. Exigía plato propio, agua limpia, ventana abierta. De madrugada, caminaba por el teclado, como afinando un instrumento. A veces, dejaba sus pelos sobre una página que H. juraba perdida; al soplarlos, aparecía una palabra que no recordaba haber escrito y que, sin embargo, era suya. “Eres un viejo corrector de estilo atrapado en un gato”, le dijo el hombre, con una ternura que le sorprendió salir de su propia boca
Llegaron cartas de rechazo —porque siguen llegando—, pero cada carta dolió menos. El esfuerzo de escribir dejó de parecerle una impostura. Una tarde de lluvia, envió una novela a una editorial pequeña. No tenía expectativas; solo quería dejar de esperar. Se sirvió té, se sentó a mirar el techo sin culpa. El gato se acomodó en su pecho, pesó lo justo y ronroneó. Por primera vez, H. sintió que el silencio lo abrazaba en vez de morderlo.
La llamada llegó dos meses después. Una voz joven, contenida, dijo: “Nos gustaría publicar su novela”. H. se agarró al borde de la con la expresión de un incrédulo que se encuentra ante un milagro. Miró al gato. El gato bostezó, como diciendo “era hora”.
El día de la presentación, H. habló poco. Agradeció a su editor, a sus pocos amigos, a la lluvia. No nombró al gato; le pareció cursi. Al volver, lo encontró dormido sobre la máquina de escribir. Puso la mano en el lomo tibio. “Sin ti no hubiera podido”, susurró. El gato abrió un ojo, empujó con la frente los dedos del hombre y cerró otra vez.
El libro no fue un éxito; fue algo mejor, un lugar habitable. H. empezó a escribir por las mañanas con una disciplina que no conocía. El gato envejecido aún más, le acompaño. Una noche de enero, no subió a la mesa. Se acomodó en el suelo, junto al calentador, como una coma al final de una oración larga. H. bajó, se sentó con él, lo cubrió con la bufanda. “Quédate”, pidió, sabiendo que pedir a un gato es perder el tiempo. El gato dejó de respirar en paz.
H. agradeció a la vida por la vida de su corrector de estilo.
Desde entonces, H. sigue escribiendo. La vida también. Cuando duda, golpea la “a” en memoria de su corrector. Guarda, en un cajón, un mechón de pelos negro y blanco que a veces saca para ver una soledad que ya no le pesa. Y, cuando entrega un manuscrito, apaga la luz, abre la ventana y deja sobre el teclado un plato de agua. No espera que nadie entre. Es un gesto, como tantos, para recordar que un gato viejo le devolvió el sentido a sus letras.
Héctor Flores
P.D. El agua en el plato baja diariamente.


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