HUMANOIDE
BEPPO EL GATO DEL ESPEJO Y SU FAMOSO DUEÑO
CUENTOS CON OJOS DE GATO
A Beppo lo vi por primera vez en un departamento de la calle Maipú, cuando las persianas dejaban pasar una luz de la hora de té y el polvo se movía con la gravedad lenta de los recuerdos. Era blanco como un papel que se niega a ser escrito y caminaba con esa apatía señorial que distingue a los gatos que han leído demasiados libros sin abrirlos. No se inmutó cuando rocé con torpeza un ejemplar de encuadernación verde; el libro de arena, lo sostuvo con la mirada, como si bastara el peso de sus ojos para que el mundo no cayera.
Borges -del que no repetiré adjetivos que otras biografías gastaron- estaba, como siempre, entre la ironía y la timidez. Dijo mi nombre con cortesía vieja y presentó a su compañero con un leve movimiento de cabeza.
-Beppo, como el de Lord Byron -dijo, como quien nombra un enigma resuelto a medias.
El gato no acudió. Había descubierto un espejo ovalado apoyado en el piso, detrás de un biombo. Se acercó, olió el cristal, y lo tocó con una delicadeza de relojero. El espejo devolvió un Beppo idéntico, tal vez un poco más serio. Fue entonces cuando noté lo que no había que notar; por un segundo mínimo, el reflejo pestañeó antes que el original.
No dije nada. Borges sonrió, como si hubiera leído mi asombro en voz alta.
-Los espejos -musitó- son impacientes. A Beppo le divierte corregirlos.
Pasé muchas tardes allí, aprendiendo la coreografía doméstica de un escritor ciego y de un gato que parecía ver por ambos. Borges caminaba hacia la mesa, Beppo lo precedía; Borges tocaba el lomo del gato con la punta del bastón, Beppo se detenía justo donde la silla lo esperaba. No era servidumbre; era estilo. En ese pequeño apartamento las cosas tenían un lugar no por utilidad sino por cortesía. El té se servía cuando Beppo dormía, para no interrumpir su vigilancia; los libros se abrían donde el gato no tuviera que saltar para cruzar al otro cuarto.
Una tarde, la tarde que importa, Borges me pidió que buscara en un librero un tomo de “cierta metafísica menor” -palabras suyas-. Fui al estante y lo encontré gracias a una etiqueta con una B en tinta roja. Al volver, Beppo se había instalado sobre la mesa, justo donde los dedos de Borges tanteaban el borde. No lo apartó. Puso su mano en el lomo del gato, como uno apoya la mano en la baranda de un puente. Dijo:
-Hay libros que se leen hacia atrás. Beppo lo sabe. Por eso se sienta del lado donde termina la página-.
Abrí el volumen. El texto hablaba de mundos posibles, de duplicaciones, de esa sospecha antigua de que cada decisión abre un pasillo y nos deja atrás, multiplicados. Beppo pestañeó. El espejo ovalado, en el rincón, pareció girar un grado. Entonces el cuarto cambió sutilmente de respiración; una corriente mínima de aire movió la cortina, el olor del té se volvió más nítido, y yo, que no creo en apariciones, vi a un segundo Beppo cruzar el espejo desde el adentro hacia el afuera con un paso que no dejó huella.
No fue espectro ni truco, fue la sensación de que el gato que mirábamos tenía, en otra dimensión de la sala, un gemelo encargado de corregir los errores de perspectiva. Borges no movió la cabeza. Como si no le hablara a nadie, dijo:
-Mi gato es un bibliotecario más escrupuloso que yo. Ordena los estantes invisibles-.
Desde ese día, comencé a notar pequeñas reformas imposibles. Un libro que juraría había quedado en castellano, amanecía en inglés en el mismo sitio; un ensayo que citaba a Schopenhauer, aparecía con una nota al pie que no recordaba haber leído; una edición con erratas -de esas que indignan a los puristas- aparecía, sin explicación, enmendada con tinta diminuta, perfecta, de caligrafía que no se parecía a ninguna humana. Beppo dormía cuando descubríamos las correcciones. Al despertar, iba al espejo, tocaba el cristal con la almohadilla de la pata derecha, y el reflejo asentía.
Un día me atreví.
- ¿Y si Beppo… si los espejos…? -pregunté, cayendo en una torpeza que merecía olvido.
Borges me salvó con mansedumbre.
-El universo es un gato que sueña bibliotecas -dijo-. Es una conjetura tan razonable como cualquier otra.
La ceremonia final ocurrió una noche de lluvia leve. Beppo no se separó del espejo en horas. Borges recitó de memoria un soneto que yo ignoraba; al terminar, el gato miró hacia nosotros con una solemnidad que no le conocía, tocó tres veces el cristal, y el óvalo devolvió, por un instante largo, no la sala, sino un corredor que no existía en esa casa, pisos de damero, lámparas verdes, estantes sin fin, un jardín de senderos que se bifurca, un Aleph. En el corredor, caminaba otro Borges joven, y al lado, otro Beppo, o el mismo, con un aire más distraído.
Borges susurró:
-La biblioteca de la que soy bibliotecario es un pretexto para que Beppo pueda pasearse por los mundos-.
En ese momento supe -dije supe, aunque no sé- que el gato había ido corrigiendo, con paciencia de copista medieval, la versión de la realidad que habitábamos, cada visita suya al espejo era una enmienda menor, una errata a favor de la armonía. Un libro se recolocaba, una palabra cambiaba de sitio, una cita imperfecta se limpiaba de polvo. Nada grandilocuente. Simple artesanía ontológica.
Beppo murió como mueren los gatos decentes, un día cualquiera, eligiendo un rayo de sol exacto en el cuarto más silencioso. Borges le habló en voz baja, no recuerdo qué. Yo alcancé a ver, en el espejo ovalado, una vibración, como si el cristal respirara. Después, nada.
Meses más tarde, volví a Maipú 994. Tocamos el tema con cautela. Borges, que no gastaba dolor en público, dijo:
-Uno no pierde a los gatos. Dejan de ocupar lugar, pero existen para siempre. -
Antes de irme, pasé junto al espejo. En el borde inferior, invisible si uno no se agacha -y me agaché-, habían aparecido tres rayas diminutas, casi imperceptibles, como la firma de un artesano pudoroso. Puse la yema del dedo sobre ellas y, por una fracción que el reloj no sabe medir, intuí el rumor leve de páginas acomodándose en un estante inalcanzable.
Afuera, la tarde de Buenos Aires se deshacía en tranvías de lluvia. Caminé sin prisa. Cada escaparate devolvía mi imagen con un desfase microscópico. Me hizo bien pensar que, en algún pliegue de los espejos, un gato blanco seguía corrigiendo los desajustes, enderezando un adjetivo, moviendo una coma, reconciliando dos versiones enemigas de mí. No sé si era cierto. Importa menos que la gratitud.
Desde entonces, cuando un libro me llega perfecto, sin erratas, pienso en Beppo. Y, si descubro un error hermoso, también. Porque quizá el universo no necesita prolijidad absoluta, sino ese pequeño desorden cortés que un gato concede para que la realidad no se vuelva dogma. Si algún día usted pasa frente a un espejo y su reflejo pestañea antes que usted, no se asuste; alguien está trabajando para que su historia sea legible.
Con agradecimiento a Jorge Luis Borges por mostrarme desde niño la maravilla de la poesía, de los cuentos y que es válido ver las cosas de diferente manera.
“De lo que no se arrepiente uno nunca en la vida, es de haber sido valiente”
Borges

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