CUENTOS CON OJOS DE GATO
EL VISITANTE DEL CIRCO IMPERIO
El circo “Imperio” levantó su carpa por última vez en un baldío a las afueras de la ciudad. El techo azul estaba remendado como un pantalón cansado; los postes, oxidados pero firmes; las jaulas, vacías y limpias por primera vez. El dueño, Don Benito, decidió cerrar con una función sin animales y con entrada libre. Los payasos se pintaron con nostalgia, los malabaristas pulieron sus clavas hasta sacarles un brillo de despedida. Todo olía a algodón de azúcar y a último día de clases.
Esa tarde llegó un gato atigrado, flaco, con la mirada de quien ha visto todos los trucos y ninguno lo impresiona. Se metió sin pagar por debajo de la lona y recorrió el borde de la pista con una parsimonia de inspector. Don Benito intentó echarlo con una palmada, pero el gato se detuvo frente a él y lo miró con un descaro que solo los gatos y los niños se permiten. El viejo se rindió y le abrió paso con una reverencia ridícula. El gato aceptó el gesto como natural.
Durante la función, cada número tuvo un pequeño accidente que nadie notó excepto los que conocen los accidentes. El malabarista lanzó una clava que debía caer en su mano izquierda; cayó en la derecha y la sostuvo por milagro con la punta de los dedos. La equilibrista resbaló medio centímetro en el alambre, pero el viento improvisó un abrazo y no pasó nada. El payaso más serio tropezó con una silla, aunque nadie se rio por la silla, sino por la cara con que se recuperó del tropiezo. Todos esos casi, fueron felices porque no se convirtieron en desastre. En cada casi, el gato apareció en el borde de la pista, tensó la espalda y soltó el aliento que la carpa no sabía que estaba reteniendo.
Cuando se apagaron las luces y el “Imperio” desarmó su pequeñez gloriosa, el gato se quedó. Nadie lo echó. Les hacía compañía mientras levantaban estacas y enrollaban cuerdas. Se sentaba a cuidar el tiempo cuando alguien se distraía. Don Benito, que tenía un respeto antiguo por lo que no entiende, decidió que el gato sería el último en salir.
La caravana partió sin rumbo fijo, “Hacia donde el camino nos lleve”. Recorrieron pueblos donde los niños todavía se asombran con un pañuelo que se vuelve paloma y ciudades donde el aplauso dura lo justo para llenar el alma. En cada sitio, el gato hacía lo mismo; inspeccionaba la lona, se echaba junto a la cuerda floja, dormía sobre los baúles de vestuario como quien protege secretos, y, algunas noches, desaparecía y volvía con olor a sardina y manos infantiles. Los niños de todas partes, sin ponerse de acuerdo, le dieron el mismo nombre; “Maestro”.
Hubo un pueblo de viento necio, famoso por su amargura. Allí levantaron la carpa. La primera noche no llegó nadie. La segunda, una familia. La tercera, nadie otra vez. El ánimo se deshilachó. Los malabaristas practicaron sin ganas; la equilibrista miró al alambre con rencor; los payasos se pintaron sin espejo. El gato se sentó en medio de la pista, con la cola como signo de interrogación, y miró a don Benito. No había reproche, había urgencia.
Bueno, dijo el viejo, si el público no viene, montamos función para los muertos.
Esa noche no vendieron entradas. Apagaron las luces de afuera y encendieron las de adentro como para un estreno íntimo. En los bancos se sentaron el viento, el polvo y un puñado de recuerdos mal presentados. A la señal de trompeta, el malabarista lanzó tres clavas; luego cuatro; luego cinco. Las sostuvo, las giró, les habló. La equilibrista cruzó el alambre sin sonrisa. Los payasos no hicieron chistes; contaron, con gestos, la historia de un hombre que pierde el sombrero y encuentra uno nuevo.
El gato caminó, entonces, por la cuerda floja. Nadie se sorprendió de que no cayera. Se detuvo en la mitad, se sentó, se lamió la pata y la pasó por la oreja. Luego siguió, con la elegancia de un equilibrista consumado. Abajo, Don Benito lloró con la discreción de un jefe que se niega a rendirse.
Al terminar, la carpa quedó en un silencio distinto. No vacío; lleno. Como si un público invisible hubiera aplaudido. Los artistas se miraron con esa complicidad que nace cuando se ama lo que se hace. Don Benito acarició al gato y dijo; “Mañana partimos”.
El último pueblo que visitaron tenía feria, banda, fuegos artificiales y autoridades con tijera para cortar listones. Nadie prestó atención a un circo pequeño que ofrecía una función a la misma hora. Las miradas del público se orientaban hacia la música estridente de la plaza. Aun así, diez niños se sentaron bajo la lona del “Imperio”. El gato pasó por entre sus pies y les dejó una estela de bienvenida. Cada uno sintió, sin poder nombrarlo, que estaba en el lugar correcto.
La función comenzó sin contratiempos, malabares, canciones, payasos. A mitad del número de la equilibrista, una ráfaga levantó la lona y la gente de la plaza se volvió a mirar. Vieron a una mujer suspendida en el aire con el pelo convertido en cometa y a un gato caminando hacia ella por el alambre. Lo siguieron por instinto. La carpa se llenó en un minuto. Aplaudieron por fin, de pie. No por caridad, por gratitud.
El “Imperio” se despidió esa noche. Empacaron despacio, como si no quisieran desarmar un sueño recién sucedido. Don Benito dejó los postes en el baldío, como huesos a la intemperie, y un cartel sin fecha que decía; “Gracias por venir”. El gato se subió al baúl del vestuario, miró una última vez la pista vacía y saltó a la madrugada.
Cuentan que, de vez en cuando, aparece en carpas nuevas, de niños que montan circos con sábanas y palos. Se sienta en la cuerda que imita al alambre y mira con severidad amorosa. Si el truco tiene verdad, ronronea. Si no, se va. El circo, al fin, es eso, una mentira hermosa que nos recuerda que, por un segundo, podemos ser más felices. Y un gato que, con su cuerpo pequeño, nos hace el honor de invitarnos.

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