HUMANOIDE 

CUENTOS CON OJOS DE GATO : EL GATO DE LOS FUNERALES

Al principio creí que era coincidencia. Un gato negro que se paseaba por el patio del velatorio, sin pedir cariño ni comida, solo cruzando con esa parsimonia de los que no esperan nada. Lo vi en el funeral de mi tío —café intomable, flores demasiado vivas y luego en el de la vecina del 3º, y más tarde en el del panadero, que era mi amigo. Siempre ahí. Siempre igual.

La gente lo rechazaba. Decían que era mal agüero. Yo veía otra cosa, puntualidad. Aparecía siempre justo cuando la familia dejaba de llorar fuerte y empezaba el temblor sordo. Cuando no hay ceremonia que alcance. Cuando las frases hechas se terminan. Tan comunes en la muerte. El gato elegía un banco, medía la sala con los ojos y encontraba a la persona más sola, la que sostenía a todos y  nadie la sostenía.

La primera vez que lo entendí fue en el velorio de Bertha, maestra que nos enseñó a comprar libros antes que muebles. Su hijo, hombre grande e inmenso, se quebró sin ruido. Nadie lo miró, el duelo tiene jerarquías absurdas. El gato se subió a sus pies. Le apoyó la cabeza en el zapato lustroso. El hombre, por primera vez en horas, respiró hondo. El gato cerró los ojos. En esa alianza mínima había una teología.

Empecé a buscarlo. En cada funeral, entre coronas y discursos, localizaba su sombra como se busca salida de emergencia. A veces no se veía, pero yo sabía que estaba, porque alguien a quien nadie hablaba sonreía sin razón, o porque una taza de café encontraba la mano exacta, o porque una silla vacía se volvía compañía.

Una tarde, me tocó a mí. Difuntos no sobran, pero la vida es eficiente repartiendo finales. Llegué como se llega a la escena de un crimen, con vergüenza de estar vivo. Me ofrecieron frases como vendas para una herida. Las acepté por cortesía. Y entonces lo vi; al pie de la caja, de espaldas al muerto, mirándonos a nosotros. Sentí rabia. Me pareció un descaro ver su paz.

Me senté en la última fila. No quería que se me notara el temblor que ahora me tocaba. El gato se acercó por el pasillo como si fuera dueño del lugar (y de algún modo lo era, su contrato con la muerte parecía más sólido que el nuestro). Se subió al banco, a mi lado. No me tocó. Ni falta hizo. En su estar había una instrucción, no improvises valentía; solo respira.

Respiré. La sala se acomodó un milímetro. Los nombres dejaron de pesar. Las flores aceptaron su trabajo. El café hizo lo que pudo. Yo hice lo que no sabía, estar presente.

Al salir, alguien quiso patearlo. Le tomé la pierna sin decir nada clavándole la mirada más fiera que pude en el alma y los ojos. No era día para educar supersticiones, pero sí para impedir crueldades. El gato me miró de reojo, agradeció sin agradecer, se perdió entre coches con la discreción de un monje.

Desde entonces, cuando me cuentan que alguien murió, pregunto por el gato, como quien pregunta por un médico de guardia. Si estuvo, sé que la sala tuvo un adulto. Y si no, deseo que aprenda a llegar.

Hay sacerdotes del rito y hay sacerdotes de la presencia. El mío, negro y sin sotana, oficia sin palabras. No promete cielos. Consuela la tierra.

Héctor Flores



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