HUMANOIDE

PIRÓMANA O LA HORA DE LAS ROSAS ROJAS


Aún le cuesta trabajo respirar después del fuego, demasiado humo cada tarde como para que su humanidad pueda soportarlo, no son suficientes las ventanas abiertas para dejar escapar la nube de humo de cada día, el olor de las flores quemadas esta ya impregnado en cada espacio de la casa, de la mente, cementerio de pétalos. La mancha negra de tizne en sus manos delata su pasado y su presente marcándolo todo, reduciendo a cenizas las flores, la espera; el brinco en la silla para abrir la puerta, el sudor en la frente, las flores de cada día, que no llegan jamás a la noche. Ser el enemigo ha terminado por arruinarle la vista y nada es claro, los ramos recibidos uno cada día, difieren en nada uno del otro, los colores en sus ojos escala de grises son, el sendero que vislumbra es tan corto y lo recorre en medio de floreros vacíos ocupando el espacio, su espacio, se hace ella, espacio entre cenizas y hojas muertas. La silla y la mesa otra vez, la cabeza sostenida por la frente y la mirada fija en el punto negro de sus esperas fijo en el piso a través del vidrio protector, no podrá ser nunca experta en incertidumbres; los pasos en la escalera, el aroma es y en aquella hora levanta la nariz entornando los ojos como si en el cenit se escondieran todas las respuestas a todas las dudas. Recorre la absurda colección de floreros vacíos, las diversas formas le recuerdan al ramo de flores de sus dudas siempre a la misma hora, siempre el mismo fantasma que anuncia su presencia con el aroma desde el primer piso que no atina a hacer las cosas como ella siempre las ha deseado; el horno crematorio se ha olvidado de su alma de chimenea y como ejecutor espera cada tarde el ramo rojo que no acaba nunca de ser blanco. En el borde del asiento la encorvada figura da los últimos toques al maquillaje de vestal que quita el tiempo de los hombros, el presuroso movimiento de los pies que intercalan los segundos y la respiración entre las manos que no conoce de relojes rutinarios ni de segunderos burlones. Es la hora, las fosas nasales s extienden y creen percibir el aroma deseado mientras las pupilas se dilatan, el lugar a media luz como cámara premonitoria de un momento repetido tarde a tarde que muy a su pesar marca dos mundos comparados con la luz afuera y la bruma cenicienta dentro, el tufillo a tallos podridos abraza a su viejo perfume de sándalo y el tiempo se detiene; el aroma, los pasos, ahí está, los ojos se abren como si supieran de todo y sobre todo y los pasos atrasados recargan por enésima vez su espalda contra la puerta del puente colgante de su expectativa, aparta el otoño muerto que queda en el piso y siente la vibración, han tocado a la puerta, ahora el tiempo pasado es presente, la mano sudorosa gira la perilla del tiempo perdido y aparece su sonrisa, se extiende la puerta, el aroma esta, la vista, la luz, las flores, la sonrisa se pierde ante la ausencia acostumbrada y temida, siempre tan temida. Se desata la tormenta, vuelan las esperanzas por el aire y las palabras malditas se pueden ahora tocar, se enciende la llama del horno, y de la ira, el aire de cementerio sopla; maldito escarlata que tanto tienes de sangre derramada, maldito bermellón que no acabas de morirte tarde a tarde, que no dejas carmín de la perdición que los deseos se vuelvan blancos alguna vez, la garganta se deshace, lagrimas negras manchan el escote y el regazo y nuevamente, otra vez, el cuerpo entre las manos a ras de piso sostenido por su particular muro de lamentaciones. El rojo va muriendo en forma de pétalos, el crepitar del fuego anuncia la muerte de las flores y los últimos botones tiernos se desjugan entre los puños y sangre de rosas escurre por las manos, atiza el fuego algunos tallos quedan por fuera para unirse con los otros y el camino de cenizas se vuelve a dibujar hasta el centro de su mundo, la espera se prolongará hasta mañana a la misma hora, en que ella vuelva a ver las cinco en el reloj, la hora de las anheladas flores blancas, las flores que han de ser su voluntad de roble como todo en la vida, la hora de las confusiones, de las rigideces, de las memorias duras, de los floreros que esperan como espera la ausencia a la llegada, la hora sin tiempo de las necedades, la hora en donde los mensajes están muertos cuando no hay corazón para entenderlos, la hora de la suerte echada de las rosas rojas frente al fuego.
Héctor Flores

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