HUMANOIDE


CORDURAS
Es la cordura consecuencia de haber cruzado tantas veces esa mar del caos, las sonrisas concluyentes llegan una vez que se ha aprendido a ahogar el alma entre la duda, madurar es desatar el tiempo, desechar errores, caducar de un sólo golpe lo que nunca debió haber sido. Se sabe que se ha vislumbrado la otra orilla cuando la memoria se hace mas conveniente y muy dentro, se almacenan convenientemente las primeras entradas para que se cubran con telarañas de olvido y acaba uno por volverse bueno para olvidar lo malo. Cuando de la noche a la mañana te vuelves problemático por expresar sentires reprimidos, y cuando te alejas sin dudas de quien sea que no te deje ser, quien quiera que sea, torquemadas, redentores, consejeros, juzgadores.
El tiempo debería ser de papel y no de horas, reducirlas a minutos que de tanto pasar y de tan cortos, obliguen a escribir finales en lugar de siempre puntos suspensivos. Y es que si la vida es una obra de actores ajenos, como dicen los poetas, sería conveniente una llamada para anunciar el intermedio. Madurar es creer que no ha pasado nada, pero se ha visto todo, preocuparse un poco más en ser persona y olvidarse un poco más de ser humano HUMANOIDES pues; escoger las batallas, escoger los olvidos, sustituir la mueca por la discreta sonrisa y asentir de cuando en cuando hacia adentro, en lugar de escupir hacia afuera. Morir y volver a la vida según la circunstancia, resucitar a diario y fallecer tan sólo los domingos para volver a nacer todos los lunes, como un niño envuelto en el cuerpo de un adulto, como cuando las semanas no eran 42 y los días no eran 365. Se sabe que se ha vislumbrado la otra orilla cuando el lobo deja de ser el culpable y la caperuza roja se cuelga en el perchero para verla desnuda y lobo y víctima por fin dejan caer las máscaras. Se deja ver el otro lado, el casi final del camino cuando te duelen las rodillas y la cintura no cede ante la lluvia delatora, pero el alma esta intacta aún siendo mil veces reconstruida. Es la cordura la consecuencia de cientos de mataduras en la piel, maduración de los silencios, clausura de los arrebatos, el comienzo de la calma del mar de cada uno, cuando se tiene el corazón roto y se vuelve costumbre dormir contando los pedazos en lugar de ovejas, y al final después de tantas restas, del desfile de rostros, recuerdas únicamente el ¿Porque sí? dejando reservado en un rincón el ¿Porque no?
Héctor Flores

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