HUMANOIDE
ASUNTO DE DOS
Era la tercera ocasión que ella recorría con su dedo las costuras de marinero de la larga cicatriz en el pecho traspasado, bordeando cada costura roma y ennegrecida recordó, que justo en la mitad, en un momento del pasado, el pecho abandonado y hueco, estuvo lleno. ¿Hace frio aquí no crees? Se me congelan las manos dijo, no logro acostumbrarme al frio de estos lugares dijo ella frotándose las manos, los conozco desde hace tanto tiempo y aun te juro, que no logro acostumbrarme a la temperatura y sobre todo a los reflejos involuntarios de todos ustedes, creo que deberían ser mas recatados en cuanto a eso, ¿No se dan cuenta que asustan?, que ya movió este una pierna, que aquella esta expulsando gases, que acaba de levantar el brazo el vecino de al lado, ¿No se dan cuenta que para cualquiera que los vea en este estado este tipo de reacciones hacen albergar a sus observadores falsas esperanzas?. Es la tercera vuelta que doy a tu persona y ahora estoy segura de haber cumplido mi deber. Debes estar cómodo en esa plancha dijo ella, después de todo siempre es saludable dormir en superficies planas, lastima que sea demasiado tarde, ¡Pero hombre de mi corazón si estas igual de frío que la plancha que te soporta! Gritó ella con sorpresa, palpando la carne por debajo de la tela, te queda bien el verde de la sabana, retirándola del rostro ahora descubierto, contrasta perfecto con el gris azuloso de tu nuevo semblante. Ella acercó su rostro al de él, los ojos abiertos y los ojos entrecerrados se encontraron sin distancia, ella buscó la sonrisa de ayer que no apareció nunca y revisó los incisivos como quien elige un caballo; fui yo, fui yo quien te susurró esa noche que no, que no, que no era conveniente seguir como estabas, fui yo lo confieso, no acostumbro querido, avisar en mis intervenciones, pero confieso cierta debilidad por ti desde que naciste, ¿Qué harás ahora que el abotagamiento no te deje sonreír?, lo bueno es que no hay cicatriz de autopsia alguna que no se cubra perfectamente con un buen último traje y una corbata acorde a la ocasión, ¿Qué se siente estar entre tanto encuerado? Preguntó ella, fui yo quien te sopló al oído aquella noche que dejaras de ser quien eras porque si lo seguías siendo acabarías por no ser, y mírate ahora, en medio de esta reunión de impávidos, acostumbrada estoy es lo bueno, ¿Pero tú?, vaya si eres necio, fui yo, fui yo quien te mostró en la luz blanca del espejo el tiempo de parar aquella mañana de arrebatos, era mía la voz que des oíste con desprecio mientras tu espíritu trataba de recobrarse, cuando postergaste, cuando salió de tu boca el mañana será otro día tan progresista de tu parte, cuando dejaste que te quisieran mas que lo que tu querías y cuando en las hendiduras de la memoria proclamaste a voz en cuello que siempre será conveniente esperar una mejor oportunidad, ¿No te diste cuenta verdad?, pero que tonta soy, por supuesto que no te diste cuenta, si así hubiera sido, no estaríamos en este palacio de soledad en donde ahora te atreves a no mirarme de frente y en donde tu mueca de muerto de días no deja pasar lo que quiero decirte; pobre como cambiaron tus ojos de ángel de la noche a la mañana. Me despido querido, aunque no lo creas y a pesar del tiempo de dedicarme a lo que me dedico no acabo de acostumbrarme a este zumbido negro que me retira la felicidad de ser quien soy, acaricio tu mano que empieza a hincharse y te deseo suerte en la otra, y si acaso alguien te pregunta que quien fue diles que fui yo, que era el momento y que la raya mata mas que el rayo; hace frio aquí no cabe duda eh, me retiro amigo que debo seguir con el que hacer de hacer que las cosas dejen de ser, por cierto, deberías sugerirles que cambien estas etiquetas que con tan mal gusto cuelgan en los dedos de sus pies, ¿De que te sirve ahora tener identidad?, por cierto querido, era yo, siempre fui yo.
Héctor Flores

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