HUMANOIDE
VISITA AL PACIENTE 413
La pálida luz
del pasillo le rebota en el rostro y eso es suficiente para arrancarlo de la
inconciencia, el constante apagar y encender de las luces del cuarto de
hospital público había ya embota el
entendimiento, no hay sueño, no hay descanso, el tiempo y de espacio de las almas allí
depositadas no es el mismo de antes sin duda alguna debido a la gran pandemia,
tres camas, tres destinos intercambiables; el hombre de la cama al centro, el
paciente cuatrocientos trece, está ya
existiendo su día diez catorce o quince
según sus cálculos mentales que algo tenían de tabla de salvación o de plegaria.
La maldita luz anaranjada otra vez en el techo de la cama contigua, sólo los
pies sin nombre, sin rostro, unos cuantos gritos de ayuda al personal médico,
señorita, ayuda señorita, señorita ayuda por favor, nadie escucha , no se puede
gritar si no se tiene fuerza, la petición apenas sonora de un mensaje para la
compañera de vida en la cama de al lado, el perdón en los labios para alguien ausente, la
promesa de hacérselo llegar del personal sin identidad, envueltos en aquellos trajes como si hubieran
nacido en un mundo aparte, se lo prometo don, se lo prometo, el terror en sus
caras, no hay contacto, no hay manos estrechadas; los
pies que se mueven a izquierda y derecha la luz otra vez en lo
alto de la cama, se anuncia otro final,
la cortina verde es lo único que
separa a los vivos y a los muertos, el cambio de color y la luz anaranjada, la
maldita luz anaranjada en lo alto de la cama contigua otra vez, la voz ausente,
el sonido de los tanques de oxígeno, el recuerdo de un sol y de una vida del
otro lado de la ventana, las voces de los familiares que no se parecen a alguna conocida.
Hay que
hablarle a la doctora para que certifique la hora de la muerte, a la derecha un
ser humano que formando un montículo lucha con el respirador, a la izquierda el
cierre de la bolsa negra que se abre a manos de las enfermeras para contener
uno más mientras el hombre de la limpieza envuelto en su armadura retira las
sabanas verdes, la cama esta desierta, pasan los minutos, el ruido de las
ruedas de la camilla y en inmisericorde brevedad un nuevo visitante.
¿Qué desventura
es esta de poder ver el momento preciso del final?, ¿No estamos acaso todos
aquí para el mismo propósito? Cuatrocientos trece, eso es lo que dice la
identificación en la tarjeta colgante de la cabecera, no importa el nombre, no
importa la historia, es muy probable que pronto todo termine, la muerte pasa
por encima, se siente su paso en la cara, el aire que deja su tranco es frio,
inconfundible. ¿Qué hora es? Que importa, afuera es de noche, y ahora adentro
también, un sorprendente silencio hace lugar en la habitación de tres mortales
probables y un lejano traten de descansar se pierde en el pasillo, una súplica
por agua, pasos, voces que murmullan, el olor, el olor que no se va del alma
del olfato y del tiempo, el olor séptico, el olor del hospital público, que
huele a ¿Esperanza?, ¿Despedida?, ¿Cielo? ¿Infierno?, el personal se mira con ojos de
duda, un espíritu de humanidad esta presente, ¿Cómo se lucha contra esto?, ¿Cuándo
se termina?, ¿Qué más?, un poco de heroísmo, un poco de terror, hacen lo que
pueden, las cifras aumentan, todo es nuevo, todo es desconocido.
Las horas
pasan entre luz y oscuridad literalmente, no importa si es día o es noche, no
ha llegado el final; despierta hijo despierta, soy el padre Lalo, disculpa que
te interrumpa, no estaba dormido no se apure, dice la voz, me dicen que estas
muy mal hijo y como parte de nuestra labor estamos aquí para ayudarles a irse
en paz, me dicen que ya han hablado contigo los médicos y no quieres que te
intuben, no padre, ¿Me permites hacer una oración por ti? Adelante padre, total…
es cuestión de tiempo.
Por fin el sueño, por fin un poco de irrealidad,
los ojos se cierran la conciencia cae, es momento de la rendición, no hay más,
ha llegado la hora; el ruido metálico de
los pequeños pasos llena el lugar, se mezcla con el sonido de los respiradores,
no hay hora, no hay tiempo ni luz, el rostro voltea a la izquierda sobre la
almohada, en la penumbra, en las sombras una pequeña figura se coloca en el
marco de la entrada, el cabello es abundante, la piel es clara, los ojos
tristes pero fijos, avanza con dificultad hacia la cama, ¿Quién eres tú? No hay
respuesta del pequeño visitante, avanza y se detiene a un metro del borde de la
cama de en medio del cuarto de hospital público, miradas, fijas, ¿Quién eres tú?
¿Qué haces aquí?, no traes protección te vas a contagiar niño ¿No ves la
gravedad?, no se mueve, ojos pequeños, ojos de niño, silencio, ¿Quién eres? ¿No
me oyes niño?, enfermera hay un niño aquí en la habitación, silencio. Se ha
tendido sobre el piso, no obstante, el metal que lo acompaña se ha tendido en
el piso, debe tratarse de un sueño, debe ser el medicamento, en un esfuerzo el
paciente cuatrocientos trece logra traspasar el borde de la cama y sólo ve la
espalda del pequeño visitante que ahora con el rostro clavado en el piso parece
escribir a lápiz sobre la baldosa vieja y blanca de hospital público, ¿Qué haces
niño?, ¿No ves que vendrán las enfermeras? No puedes estar aquí; el par de ojos
vuelven a brillar entre las sombras y sin importar los comentarios vuelven a
coincidir sobre la almohada, el sonido del arrastre de la escritura contra el
piso, termina, ahora esta boca arriba algo sale de su boca y al mismo tiempo
sin importar el peso metálico en las piernas se incorpora con dificultad, la pequeña
mata de pelo se pasea por el cuarto y se posa en la ventana tratando de
adivinar lo que hay afuera, no lo logra, y los pesados pasos terminan al borde
de la cama, dos manos que coinciden sin tocarse, las miradas, el silencio, el
visitante sonríe por vez primera y luego, sin anunciar, no está, los ojos
descansan, pequeños pasos, no hay más.
Madrugada,
voces en el pasillo eterno, el paciente cuatrocientos trece está sólo, a
derecha e izquierda no hay destinos, no en esta mañana, busca en la orilla de
la cama, regresa sobre su espalda, la almohada es su refugio, ¿Dónde estás?, vuelve
a buscarlo, logra la orilla, un lápiz en el piso, una leyenda de niño recalcada
en gris oscuro, una sonrisa las letras toman forma… Buenos días cuatrocientos
trece, creo que se ve mejor esta mañana, señorita disculpe, ¿Qué dice ahí en el
piso? ¿Dónde? Ahí detrás de usted en el piso; TE PERDONO, dice TE PERDONO…

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