SACRISTÁN

Héctor Flores

 

Nadie podía distinguir entre verdad y mentira en lo correspondiente e a los orígenes de Claro. Había quienes aseguraban que la verdad sobre su nacimiento era guardada sólo por los únicos testigos de su origen; los acompañantes de siempre, sus consejeros infaltables a la hora de la purificación del atrio y otras tareas, testigos mudos y espectadores discretos en incontable compañía que al sonar las campanadas parroquiales cada hora, autoría de Claro sacristán del templo, preferían marcharse antes de correr el riesgo de ser cuestionados.

La atenta audiencia de colibríes de pico ancho que doblaban las copas de los árboles circundantes de la plaza principal, no faltaría nunca a la cita para aplaudir las disertaciones de Claro al desgastar el piso ya desgastado de la plaza de Santo momento, en cuyo quiosco se aseguraba que se manifestaba de cuerpo presente El General del ejército Cristero E. Gorostieta cada dos de Junio despertando el alma de sus habitantes al grito de Viva Cristo rey!

 Poseedores   y depositarios de sus orígenes, palomos y colibríes, plumíferos y únicos testigos del día que su madre lo arrojó dos metros expulsados por el canal de parto en aquella bienvenida precipitada a este mundo y al frio que sin misericordia le golpearía para siempre el habla y las maneras, por la caída, por el golpe de realidad por la mala bienvenida, por su cabeza rota. Las aves  lo acompañaban siempre en sus pasos y sus cantos de sacristán;  nacido a la mala, Calma, su madre,  lo mantuvo en secreto hasta el séptimo, y abrazada  a  santa teresa de Jesús en barro y alma con todas sus fuerzas, la había bajado de su nicho aferrando aquella figura de santa a su pecho   para limpiar su vergüenza de  mujer y madre olvidada por aquél que se había ido;  tendida atrás del altar,  tomó la mano tardía de Ninfa Solo, comadrona novata, mientras que las luces del aniversario de la parroquia de San Cayetano  les pintaba la caras de rojo  a los tres a través de los vitrales del muro oriente, recogiendo del suelo a Claro y  despidiendo a Calma,   recibido entre sonrisas y gritos silenciosos,  con trinos y zureos de colibríes y palomos, mientras  Ninfa Solo, deshacía la  doble vuelta del cordón roto y separado al caer y resbalar,  que  ahogaba a Claro y terminaba con el recuerdo de su madre en ese instante, mientras Ninfa Solo   sosteniéndole con la diestra la cabeza rota y a la siniestra el cordón umbilical, dividido con perfecto corte sin cuchillo alguno, Ninfa arrodillada  lloró por él y por el llanto de recién nacido, ausente, en silencio, mutis.

El escobón de mijo limpiaba la  madrugada y el acostumbrado dialogo inentendible atropellado en monologo perpetuo, era ya el despertador de muchas almas, los primeros pensamientos en la modorra de la mañana sabían ir y venir en uniforme ritmo,  al ritmo de las manos de Claro, Claro sin apellido, Claro el sacristán, Claro que mucho tenía de sombra, de sonido, de pena, de fantasma de hombros anchos mirada baja, y pasado confuso;  No lo sé mijo no sé quién es… desde la ventana tantas voces, bostezos, para dar paso al día claro, siempre de luces azules por la madrugada.

  La Plaza de Santo Momento no escapaba a las huellas y al animo comedido   de Claro, y sin levantar la vista entre buenos días y currús de palomos, el centro despertaba cada mañana entre olores y esperanzas, y la rutina sanadora y quita polvo, siempre atestiguada desde los árboles circundantes era la señal de vida matutina, era el tiempo de sacudir la vida y hacerlo a tiempo con la parsimonia de la madrugada.  

Setenta y cuatro pasos y medio separaban la parte norte de la Plaza de santo Momento de la entrada al templo de San Cayetano, Claro los había contado repetidamente mientras se disipaban las sombras de la madrugada al terminar su faena purificadora, setenta y cuatro pasos y medio siempre contados en murmullo compañeros rutinarios que marcaban el final de su hacer en la plaza cada día. San Cayetano de Thiene Santo de la providencia y patrono del pan de la salud y del trabajo, de la ciudad de Crevillente España, nacido en Vicenza República de Venecia en 1480 y muerto en Nápoles reino de Aragón en 1547, canonizado en 1671 por el papa Clemente X y celebrado en santo Momento y en donde fuera cada 7 de agosto, día en que se le celebraban festividades propias de un héroe y mártir, era el amo y señor de aquella construcción del siglo XVII, fundada en 1618 orgullo de Santo Momento, identidad, alma y todo su universo circundante lo sabía, incluyendo claro a Claro.

La plaza principal, el corazón de  de Santo Momento, latía como un corazón gigante conectado con hilos invisibles a  cada uno de los corazones de sus habitantes   la herencia española de su  mestiza esencia  era evidente en cada respirar, el adoquín tallado por la lluvia por historias y por pasos siempre conocidos contrastaba con su quiosco de herrería elevado en cuatro gradas, hacia el oriente, adornado con canceles circundantes y sombra sostenida por ocho delgadas columnas siempre verdes valientes ante las los embates solares iniciando y decayendo el día, y testigo mudo de tantos suspiros, miradas y entrelazamientos, promesas y roces secretos. Rodeada de hermosas bancas de herrería la plaza no distinguía entre clases o bolsillos edades o condiciones, el barullo de mediodía se mezclaba diariamente entre aromas de frutas, comercio y conversaciones que hacían cambiar las expresiones en los rostros, los saludos espontáneos e inclinaciones de cabeza con valencianas dobladas y grasa de zapato contrastaban con   el vapor de los cocimientos y preparaciones culinarias que nacían con el paso de las horas. Olores, sabores, apresuramientos y calmas, reflexiones de viejos sabios y curtidos por la resolana del trabajo risas de niños seguidos de sus madres, pregones y cantares eran la sangre de aquel palpitante corazón que daba vida a Santo Momento y que como un abrazo eterno estaba unido al alma de todos. Los emblemas de Santo Momento eran parte del inconsciente colectivo de aquél escenario avergelado, la parroquia de san cayetano con su torre campanario de cantera rosada, su cúpula amarilla de magistral hechura y construida por hacedores de palacios, llenaban el alma y la mirada de los Momentenses.  El  frontispicio y estilo general del templo Gótico neogótico se alzaba como gigante que parecía sostener los cielos, y la identidad de su gente, siglos habían visto pasar y escuchar plegarias, contriciones y murmullos suplicantes;  gratitudes y compromisos eran el ingrediente del que estaban hechas sus paredes en donde tantas manos se apoyaron antes de encontrar consuelo, siempre blancas albeando de esperanza, tal y como Miguel Arcángel Medina y Trueba, Cura y Párroco emérito  del templo de San Cayetano  lo había ordenado.

 Era Domingo y Santo Momento se movía como siempre por el hechizo de su campanario parroquial, un hilo reverencial guiaba hacia el templo cada mañana a los ricos y a los pobres, tan diferentes en alcurnia y tan iguales en pecados. Los corazones de Santo Momento habían aprendido a latir al compás de sus campanas, símbolo de aquel tiempo que luchaba por no irse. Religioso, puntual, diligente, Claro, sacristán y acólito, hacia vivir las campanas, cada hora, a la hora de la muerte, a la hora de la misa o a la hora de las pirotecnias santorales; aquellas campanas que podían cambiar de tono dependiendo la ocasión y parecían llorar o reír, como heraldos anunciantes de emociones, doblando o repicando en el campanario y en el alma de los lugareños. El sonido sin memoria grave, profundo, clang, clang, clang, golpes de ondas que parecían salir de la garganta ronca de un ser soñado, compás de ecos perdidos hasta las montañas, hasta el rio Taretan que apresuraba su paso a cada campanada, y detenía su cristalina carrera para chispear a cada tintineo, y la gente que en el se mojaba aseguraba que el alma tarasca del río salía a sonreír el séptimo día de agosto en forma de mujer.

Era domingo dije, y las gotas de sudor en la frente redonda de Claro  avisaban a sus manos el fin de las llamadas, aquél campanario era dueño de todas sus cavilaciones, el estrellamiento de su cabeza al nacer le servía de escudo contra el gigantesco y ronco sonido de las campanas, el silencio perpetuo que lo acompañaba desde el nacimiento, hacía imaginario un mundo particular, un mundo único, clang, clang, la gente corriendo a tomar un buen  lugar ojalá que haya bendición para los niños, ya ve que bonito estuvo la otra vez, apúrate viejo que como siempre vamos tarde, buenas tardes, buenas tardes, bienvenidos, ahí están las hojas parroquiales por si gustan tomarlas, ejército de fieles, sonrisas apresuradas, niños de la mano, amores, contratiempos, camisas blancas, vestidos de canutillo, ojos relucientes, perfumes, y algo parecido a buenos días de los labios de Claro aquél sacristán con orgullo de lazo en mano espalda pegada a la puerta principal y reloj con minutero.

Comments

Popular posts from this blog

PRIMER CAPÍTULO DE MI NUEVA NOVELA "EL OTRO ROSTRO DE GESTAS"