HUMANOIDE
LA PAUSA
Hay tiempos que, si merecen ser perdidos, el calambre que se siente en medio del pecho al asomarse al vacío, el inconsciente paso atrás seguido del temblor de manos aferrándose al instinto de conservación; zumbido creciente en los oídos que hace cerrar los ojos, que se parece tanto a la voz de Dios, el reflejo de pegar la espalda en firme mientras la mirada se alza en búsqueda de algo, de alguna señal. La pausa, breve instante, que ha salvado a tantos cobardes de desvivirse, a tantos valientes de quedarse y a tantos heridos de quedarse. Sentir el viento en el rostro el suspiro honesto y huérfano que hincha el peso y que divide la existencia entre el si y el no.
Hay tiempos que, si merecen ser perdidos, tiempos dejados en la cómoda cuando se miran los pies a punto de dar el primer paso, las manos que se sueltan dedo por dedo mientras los ojos no dejan de mirarse frente a frente, el paso en el aire, el balanceo del cuerpo atrás y adelante mientras los labios tiemblan, las voces, las pasadas las futuras y sólo la nuestra en el presente. La pausa, la pausa necesaria y solitaria, la que ha visto nuestra espalda empequeñecer mientras los pasos apresurados significan tantas carreras iniciadas nunca concluidas. La pausa que ha redimido a tantas conciencias antes de abrir la boca, que ha impedido el desarrollo desmesurado de tantos ligamentos buco anales y que se impone como el mejor de los sanitizantes que impiden correr los ríos de mi%$da, que han aniquilado tantas almas, tantas situaciones y tantas esperanzas.
La pausa que muda te espera desde el uso de la razón, segundos silenciosos dueños del mas grande libre albedrío, expertos en llantas salvavidas y espectadores tristes de tantas despedidas.
La pausa que te mira cuando duermes

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