HUMANOIDE
DE MALOS PASOS Y
HORMIGAS
Los ocho besos reglamentarios cuatro por mejilla seguidos de planos te quieros, seguían aún sin enfriarse en las suyas, las despedidas se volvían ya algo habitual entre todo lo habitual de tantos hábitos, si el adiós habitual de su esposa significaba poder comer y alguna otra cosa más, estaba en el plano de las obligaciones y seguramente los constantes adioses eran algo que a la concurrencia desmañanada de la terminal de partida había dejado de importarle, casi tanto como a él, los ocho besos premonitorios de la ausencia; desistir de extrañar su presencia, los silencios intermitentes y las respuestas cortas se estaban volviendo una sombra recurrente y seguramente a ella le pasaba lo mismo, a juzgar por el cambio de emoción en su rostro y ver alejarse su espalda con el equipaje breve de siempre; pero ahora, ahora la espalda era una interminable sucesión de dolores y las hormigas estaban ya por aburrirse de la repetición de pensamientos, las sombras rojas sobre sus párpados fruncidos distorsionaban aún mas la realidad, su esposa, su compañera, la falta de hijos, los planes en exceso los sueños, los deberes, las hormigas.
Para un hombre acostumbrado a decidir la decisión de decidirse a volver sobre sus pasos en aquella madrugada desnuda igual que sus pies había resultado además de desafortunada, una experiencia premortuoria, pies arriba cabeza, abajo, vacío, aire, silencio, brújula perdida y nada más, horas ya, como un fardo abandonado a la deriva ante la imposibilidad de movimiento de sentimientos y de olvidos, desconexión total, infortunio ahora incandescente por la plancha de cemento quemándole la espalda, se había acostumbrado al abrazador calor pero siempre en vertical bajo resguardo, horizontal y a la intemperie es diferente, gritos mudos clamor de auxilio ahogado desde el fondo mientras la marabunta visitante silenciosa y discreta roja empezaba a olfatear su cerebro, como sólo saben hacerlo las hormigas.
Nadie, nadie advirtiendo, el montículo ocre de las hojas de otoño sobre su cuerpo de horas, los lejanos buenos días matinales de transeúntes desconocidos pasando de largo, las sombras de los pasos caminantes sobre su rostro era lo único que interrumpía el naranja sobre su frente, que parecía haberlo encontrado solamente a él para su propio escarnio, horas, y la luz ahora amarillenta y triste entrando por los espacios, haciendo hervir sus esperanzas y crujir las hojas, igual que lo hacía con sus recuerdos, su esposa, las hormigas, la falta de hijos, el trabajo, y los ocho besos ya acostumbrados a la hora de las despedidas.
Buenos días, buenos días, ¿Quién habrá dejado esto aquí?, que falta de consideración, y los ojos del fardo, consumidos y viendo sonreír a las hormigas ya por dentro, se habían adueñado de su mente de abandonado y empezaban a robar a mordidas despiadas sus recuerdos, a devorar los buenos y a escupir los malos entre laberintos de olvidos y de rutinas mal entendidas, su esposa, su trabajo, sus anhelos, la falta de hijos y el exceso de planes, y todo por volver sobre sus pasos, infierno, horno crematorio por mortaja y el cenit quemándole la cara y la vida, voces, pasos, olfato de perros, calor, hormigas, que ahora habían tomado posesión de su alma, horas, calma, frío, sombras rojas de párpados quemados, y mi cuerpo dormido, creo que me estoy convirtiendo en hormiga, en ceniza, mi esposa, mis hijos de miel y azúcar, oscuridad que arde, y mis planes, y nuestros planes, ocho besos como siempre a la hora de las despedidas, silencio, y las hormigas.
HF
Comments
Post a Comment